Sunday 17 july 2011 7 17 /07 /Jul /2011 10:43

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Cuando me decidí por fin a realizar la visita a Claudio tantas veces aplazada tenía miedo, pero a la vez sabía lo que iba a ocurrir después. Aún tenía en la memoria esa vez en que él vino a verme en plan de amigos, y pasamos una noche memorable comiendo chorrillanas y bailando luego en La Roca y en otra disco como dos buenos compinches. Pero después, en el bus de viaje a Santiago, él cometió el error de insistir en su amor por mí, que para él nada había cambiado, que yo, completamente incómoda y con la sensación de estar haciendo algo muy malo, decidí tomar un bus de vuelta a Valpo recién llegada a la capital, y para no tener que contar nada de lo que había sucedido a mi familia (me habrían dicho: “te lo dijimos”), decidí llamar a un buen amigo y terminé pasando un fin de semana de maravilla con él (nada romántico, empero)

Pero esta vez tenía que ir, se lo había prometido muchas veces. Y además, me sentía sola, desesperada, creyendo no poder encontrar a nadie para casarme, bueno, veintiséis en Chile no es una buena edad para seguir soltera... Y en el fondo sabía que podía contar con Claudio para realizar mis planes.

Y en efecto, llegada a Santiago las cosas parecieron marchar sobre ruedas desde el principio. Él parecía mucho más maduro que cuando lo dejé, tenía un trabajo estable como periodista en una radioemisora, y además sabía bailar salsa, porque su última novia, mayor que él en tres años, había estado muchas veces en Brasil y adoraba los ritmos latinos, así que, aparte de insistirle en contraer matrimonio, se pasó el tiempo de su relación inculcándole su amor al baile, enseñándole algunos pasos que él aprendió a la perfección.

Ese fin de semana lo pasamos en reunión familiar con sus parientes y algunos amigos, tomando vino con frutillas y disfrutando de un rico asado a las brasas, especialidad de los machos en mi tierra, y terminamos bailando merengues y cumbias en la terraza. Finalmente cansada, decidí reposar un rato en su habitación, preguntándome si sería buena idea, si el amor había vuelto a nacer al verlo tan diferente, si qué dirían mis padres, hasta que lo oí entrar a la habitación, y casi sin hacer ruido, dedicarse a observarme mientras yo fingía dormir. Pero al cabo de unos minutos no pude seguir con la farsa y abrí los ojos para lanzarle de sopetón: “Casémonos”.

Luego de eso todo sucedió vertiginosamente. El mismo lunes de la semana siguiente anuncié en mi casa que había vuelto con Claudio y que pensábamos casarnos lo más pronto posible. Y de hecho, apenas cinco meses después firmábamos ante el Registro Civil de mi ciudad, su madre, una tía y su hija, y no pocos parientes de mi parte, el compromiso de amarnos y respetarnos por el resto de nuestros días, aunque con separación de bienes...

 

Debí darme cuenta antes del error que estaba cometiendo, pero, como dicen por ahí, “no hay peor ciego que el que no quiere ver”... Debí ver que no podía confiar en él cuando descubrí que me había mentido, que en realidad no tenía trabajo, que lo había perdido poco después de volver conmigo, y cada mañana, cuando salía temprano supuestamente para trabajar, en realidad se iba directamente a la Biblioteca Municipal y se pasaba las horas hojeando periódicos, a veces buscando empleo, otras simplemente dejando pasar el tiempo.

Debí sospechar de sus tardes libres, cuando aparentemente no pasaba nada en el medio digno de la atención periodística (aun con la detención de Pinochet en Londres...), o todos sus fines de semana en la casa (“- porque estoy a punto de casarme, me dan horarios fáciles...”)

Pero en realidad preferí mentirme a mí misma, y cuando al fin supe la verdad me pareció muy tarde para arrepentirme a apenas dos meses de la boda, y con la vergüenza de tener que afrontar las críticas de todo el mundo. Además, me dije que sería una situación temporal, de todas maneras no teníamos que preocuparnos de dónde vivir porque habíamos decidido quedarnos en la casa de su madre, que algún día sería suya por legítima herencia. Aparte consideré muy romántica la idea de que él me había ocultado todo por temor a perderme de nuevo, todo muy tierno...

Pero hubo otros signos que debieron advertirme, como el hecho de tener que acatar las decisiones de su madre en todo lo concerniente al matrimonio, como la fecha (“Mejor en julio, tengo menos pega”), la hora (“- a las diez y media es mejor, nos da tiempo para venir de Santiago”), el lugar (“Mejor en tu casa, en Valparaíso, porque en la mía no hay lugar, y no tenemos dinero para comprar muebles para recibir a los invitados”) y la imposibilidad de realizar una ceremonia religiosa por el momento, algo con lo que yo había soñado toda mi vida.

No quise ver, con el resultado que, apenas llegada a instalarme en Santiago un día después de la boda, enfrentamos las caras largas de mi suegra y su hermana, descontentas porque supuestamente mi padre les habría hecho un desaire durante la celebración que se efectuó en mi casa. Al parecer mi padre les habría quitado de las manos una bandeja con canapés como prohibiéndoles comer en exceso, cuando mi padre sólo pensó en liberarlas de la obligación de tener que portarla. Simple lógica, para mí no cupo ninguna duda, pero para mujeres habituadas a sentirse despreciadas por su baja condición, al toparse con gente de una clase algo superior se sintieron intimidadas, seguro, y buscaron cualquier detalle para no tener que ver ese estigma que portaban, culpando a mis padres como salida fácil. El hecho me hirvió la sangre. Por mucho que mi padre haya cometido errores en su vida con mi madre y la familia, sé que en el fondo es una persona noble, y nadie va a venir a acusarlo de tratar a otros con desprecio si son de clase social inferior, si no le han hecho algo para provocarlo. Quien conoce a mi padre sabe de los altos ideales que lo inspiran, la injusticia le exaspera y deprime, y no hace daño a nadie, salvo si tiene que defenderse, aunque sus reacciones pueden ser a menudo muy exageradas, lo reconozco. Es un buen ogro, con pinta de mal genio, pero muy bueno de corazón y por eso le han metido el dedo en la boca tantas veces...

 

La primera vez que Claudio mostró su verdadera faceta fue a la semana de casados, cuando nos aprestábamos a partir a nuestro fin de semana en Maitencillo (regalo de bodas que un buen amigo y cliente mío nos había ofrecido a modo de pequeña luna de miel) No conseguíamos ponernos de acuerdo en cuanto a la hora de partida, y Claudio estalló en un ataque de celos descomunal al enterarse que yo ya conocía el lugar, suponiendo que ya había estado allí con mi amigo como amante. La verdad es que yo ya me había alojado en el mismo hotel, pero como parte de nuestro viaje de fin de curso al salir de cuarto medio, y no guardaba buenos y jugosos recuerdos como Claudio parecía creer. Por supuesto, no conseguí convencerlo, pero aún así (yo creo que porque recién nos habíamos casado) nos la arreglamos para pasarlo medianamente bien comiendo machas con limón y haciendo el amor como locos durante toda la tarde.

Al mes siguiente otro episodio debió activar mis señales de alerta, cuando nuevamente un estallido de rabia sin proporciones le hizo casi llegar a los golpes sólo porque yo había querido llamar por teléfono a Mauro, ya que hacía un buen tiempo que no tenía noticias de mi familia. Aun con parte de razón, considerando que mi familia no mostraba ningún interés por comunicarse conmigo (mi padre había perdido hacía poco la pega, y pasaban por un momento de crisis económica que les privaba incluso de las comunicaciones telefónicas) consideré su reacción desmedida y partí sin rumbo de la casa para volver dos horas después y encontrarlo mucho más apacible, como si nada hubiera pasado.

 

La primera vez que me golpeó no quise llamarlo violencia, ya que técnicamente no fueron golpes, sino un empujón descomunal que me envió de espaldas contra las escaleras, y todo porque le relaté en medio de una crisis de nervios cómo un hombre me había seguido cuando me dirigía al negocio de la esquina. Él me echó toda la culpa, aduciendo que por mis pantalones tan ajustados obviamente llamaba la atención, y agregó: “Pareces un poto con piernas”, por lo redondo y bien formado de mis glúteos y la delgadez excesiva de mis extremidades.

 

De ahí en adelante las cosas siguieron deteriorándose, poco a poco al principio, a ritmo vertiginoso después. Yo jamás he sabido perdonar, y a cada nueva pelea recurría a las consabidas aventuras y malos tratos que había sufrido de su parte remontándome a los años en que aún éramos novios. Y a todo esto se agregaba el hecho que no lo veía hacer ningún esfuerzo por encontrar trabajo, aparte de tres o cuatro veces durante todo el tiempo en que estuvimos casados. Por mi parte, ya había encontrado como secretaria para un ingeniero comercial, un trabajo tan aburrido y rutinario que me daba tiempo sin embargo para reflexionar y aumentar mi deseo de escape.

A pesar de trabajar sólo de lunes a viernes, y de nueve a seis, terminaba la semana exhausta, ya que, deseando no importunar a mi suegra había asumido como propia la tarea de preparar el almuerzo de los tres al llegar a casa. Además, vivíamos tan lejos del centro que me tomaba casi dos horas ir al trabajo y dos horas más para volver, luchando cada día contra el sueño y la frustración de llegar a casa rendida para ver que Claudio se había pasado el día viendo televisión y estudiando absurdamente inglés con mi máquina de escribir, pero sin haber hecho ni siquiera nuestra cama. Y lo peor es que no mostraba ni signos de haberme extrañado durante el día. Jamás ponía el agua para las once cuando sabía perfectamente a qué hora yo debía llegar a casa, y el fin de semana lo pasábamos viendo la TV por cable (que yo había pagado), sin salir a ningún lado (a no ser con su madre), ni visitar a nadie excepto sus parientes, que a fuerza de humildes y de escasos horizontes comenzaban a fastidiarme.

Los hábitos de mi suegra comenzaban a hartarme también. Tenía tres perros, y sin haber educado a ninguno nos obligaba no pocas veces a comer con ella en su taller, en medio de la podredumbre y hediondez de la mierda canina esparcida por todos lados. Yo antes siempre amé a los perros, pero allí, entre tanta mierda y pulgas comencé a odiarlos. Tenía también la mala costumbre de poner sobre la mesa un paño para que todos nos sirviéramos a modo de servilleta, pero era imposible para mí no sentir asco cuando la veía meterse el meñique en la oreja para luego limpiarse con el mismo paño...

Además, en vez de ayudarme a incentivar a Claudio a asumir sus responsabilidades de hombre y marido, seguía tratándolo como un niño y buscando mil excusas a su flojera y arrebatos de mal humor. Solía reconocer ante mí que era cierto que su hijo necesitaba madurar, pero cuando veía que yo le había negado el dinero para comprar Coca Cola (consumía dos litros diarios), ya que había otras cosas más importantes (y yo ya pagaba la mercadería del mes), ella le daba, como desafiándome, y me dejaba con el papel de la mala esposa.

O aquella vez en que Claudio me hizo una escena porque yo había lavado sin querer sus camisas en agua caliente, dejándolas tan arrugadas que costaba un mundo plancharlas. Y su madre me plantó el sermón que como esposa yo debería saber cómo lavar la ropa, olvidando que era yo quien se encargaba del lavado en general, y pasaba buena parte de mi fin de semana “de reposo” limpiando la casa a fondo, ya que ellos no pasaban ni siquiera la escoba. Y luego de este episodio, como para darme una lección, la buena señora tiñó toda mi ropa interior blanca de rosado, porque en uno de sus lavados “accidentalmente” mezcló un par de calcetas rojas. Curiosamente en su lavado sólo había incluido mi ropa, nada suyo o de Claudio.

Claudio tampoco le ahorraba detalles a su madre de nuestros problemas en materia sexual, y es así como una vez, teniendo incluso como testigos a su tía y una prima de apenas trece años, se quejó que yo lo forzaba continuamente a tener relaciones sexuales, y le molestaba particularmente mi insistencia en darle sexo oral, y ahí saltaron las dos mujeres solteronas y amargadas con lo de la inmoralidad del acto, (beatas hipócritas de Iglesia Evangélica, que predicaban contra todo pecado ajeno, pero para quienes robar un yogurt en el supermercado o el papel confort en la Estación de Buses no constituía más que una justicia social...) y aparte me atacaron con sus teorías baratas de comadronas que, al parecer, el “chuparlo hace que no se pare más y no se puede tener guagua”. Y lo peor es que Claudio les creía y las apoyaba, para dejarme avergonzada e incomprendida con la sensación que Galileo debió tener tratando de explicar a la gente del Medioevo que La Tierra gira alrededor del sol y no a la inversa...

Y todo esto le daba aires a su madre para incluso golpearnos la pared cuando intentábamos hacer el amor en el mayor silencio posible, como si el que marido y mujer se amen fuese pecado... Dios mío, todavía doy gracias de haber salido de ese infierno...

 

Me tenía aburrida tanta miseria, y cada vez que intentaba hacerle ver a Claudio que necesitaba su ayuda, su presencia, su afecto, él no me escuchaba o estallaba en arrebatos de ira, haciéndome reaccionar de igual forma y terminando ambos en trifulcas conmigo por el suelo envuelta en llanto y más y más exhausta, ya que luego de esas peleas descomunales me iba a dormir al living, donde apenas podía conciliar el sueño por las pulgas y el mal olor de los perros.

 

En los últimos días comencé a caer en una depresión profunda que me llevó un día a cortarme el brazo izquierdo como hiciera en ocasiones anteriores, dejando a Claudio penitente y tratando de curar la herida, pero sólo significó una corta tregua. Las cosas no podrían mejorar.

 

En la oficina no me sentía mucho mejor. Mi jefe era uno de esos tipos arribistas que debía dinero a todo el mundo, y vivía escondiéndose de sus acreedores, así que me tocó no pocas veces recibir los insultos de algún estafado iracundo, aburrido de mis excusas profesionales al teléfono. Tampoco me sentía muy segura de mis aptitudes. Conocía un poco de computación, pero nada de secretariado, y de todas maneras mi jefe trabajaba mucho menos de lo que se ocupaba en hacer el amor con su amante, una joven mucho menor y obviamente interesada en su dinero (bastante tonta también para no darse cuenta que él nada tenía más que deudas). Bueno, siempre tuve la duda de si eran o no amantes, hasta que un día llegué a la oficina más temprano de lo esperado luego de hacer unos depósitos, y encontré las luces apagadas y el desorden de papeles y ropa interior tirados por el suelo. No supe qué hacer, y me mantuve inmóvil, en la disyuntiva, hasta que el ring!!!! sobre mi escritorio me sacó de mi estupor. Era él, pidiéndome salir y regresar algo más tarde, obviamente, para que no los viera en pelotas cuando vinieran a recoger sus cosas.

Este episodio con su toque de humor vino a relajar un poco el por entonces tenso ánimo en que me encontraba, pero aún así seguía sin poder contener las lágrimas cuando tomaba el metro para regresar a casa, que cada día me parecía más una prisión que un hogar, o cuando observaba mi anillo de casada, símbolo de esclavitud y miseria... Y de desesperanza...

 

Un día no pude más, y luego de una gran disputa para Navidad agarré mi bolso y algunas pertenencias, y partí a Valpo. Mis padres, que nada sabían y que me juraban dichosa y satisfecha con mi nueva vida, se cayeron de asombro al verme aparecer así, sin aviso, y más aún cuando les confesé lo que estaba sucediendo, pero aún así consideraron el incidente como una de esas típicas peleas de recién casados, sin ver realmente que yo estaba muriendo. Y cuando Claudio llamó para reconciliarse conmigo me presionaron incluso para que él viniera a Valpo y pasáramos el Año Nuevo todos juntos.

Yo tenía miedo, pero aún lo amaba, y aunque rogué porque no insistieran en nuestra reconciliación, interiormente no estaba todavía preparada para la ruptura definitiva. Y sentía vergüenza de terminar todo a apenas cinco meses de matrimonio y luego de todas las advertencias de mis padres. También el qué dirán de mis amigos y ex colegas me preocupaba demasiado.

Ese año pasamos unas fiestas fantásticas con Claudio, para contrarrestar un poco la pésima Navidad con su madre que se había hasta enojado conmigo al verme triste por estar lejos de mi familia en esa fecha tan especial para mí. Y Claudio parecía feliz lejos de su madre, compartiendo con mi familia como uno más de los nuestros, viviendo por una vez lo que nunca tuvo. Sin embargo, cuando emprendimos el viaje de vuelta a Santiago tuve miedo. Miedo de no volver a ver a mi familia, miedo de la reacción de mi suegra por mi escapada, miedo de haber perdido toda posibilidad de salvación, miedo de Claudio... Y como intuyendo el fin, rogué a Claudio que intentáramos arreglar las cosas, empezando por irnos a vivir solos, sin su madre, tratando de explicarle que a pesar de lo mucho que la apreciaba (mentira), el hecho que ella lo tratara como a un niño no ayudaba a nuestra relación de adultos, y él, para mi sorpresa, estuvo de acuerdo conmigo. Pero una vez llegados a Santiago la cosa cambió.

De partida su madre comenzó por recriminarnos muy solapadamente el hecho de haber pasado el Año Nuevo con su hermana y sin su único hijo, y al día siguiente, al tratar de exponerle nuestros planes, estalló en un arrebato de ira y celos como jamás la había visto. Me llamó loca, ladrona y cruel, si “cómo me querís separare de mijo a mí, que dejé too botao por mi niño cuando ese desgraciao nos dejó por la cuica, mala, mujer mala!!!!” Y Claudio, oh sorpresa, en vez de calmar las cosas se puso de su lado y comenzó a insultarme también.

Esa fue una noche de locos. A nuestras tres voces unidas gritando en el máximo de los decibeles permitidos a la voz humana, se sumó el aullido de los perros, la música del equipo a todo volumen para que los vecinos no escucharan la pelea, y los golpes de éstos por la hora y tanto ruido. Finalmente me fui a la cama vencida por el llanto y la frustración, completamente herida y sintiéndome traicionada por Claudio, y también convencida que su madre y yo ya no podríamos vivir bajo el mismo techo.

Me desperté tarde a la mañana siguiente (hecho poco habitual, ya que intentaba siempre levantarme muy temprano para evitar las críticas de mi suegra, quien detestaba que durmiera hasta tarde ya que eso incentivaba la flojera de su hijo?!). Sentí de inmediato a Claudio escuchando música en el living. No lo pensé dos veces y llamé a Mariela, que se encontraba también viviendo en la capital, le conté le sucedido y quedé de esperarla a que llegara a buscarme con un amigo, en caso que Claudio reaccionara con violencia. Comencé de inmediato a preparar mis maletas, sin perder ni un minuto, y tan concentrada estaba que no me di cuenta que Claudio había entrado a la habitación. Me observó por unos instantes, y cuando se dio cuenta que planeaba dejarlo comenzó a golpearme más fuerte que nunca. Al poco rato llegó también su madre de compras, y trató de primeras de apartar a su hijo de mí para impedirle que me siguiera pegando, mientras yo, con el aliento cortado por los sollozos repetía sin cesar “Tu madre no quiere que yo siga en esta casa! Vamos, Sra. Lidia, dígaselo, yo no puedo seguir aquí, por favor, Ud. Sabe que yo no me puedo quedar!!” Y así hasta que recibimos la llamada milagrosa de mi madre, que debe haber presentido lo que pasaba, y al oír su voz me quebré y comencé a gritar pidiendo ayuda. Y claro, la reacción de mi suegra fue de quitarme el auricular de golpe y herirme tan fuerte con él que gruesos borbotones de sangre comenzaron a rodar al costado de mi ceja izquierda, y a pesar de los años la profunda cicatriz me recuerda aún este episodio. Lo increíble fue la reacción de Claudio, que cesó en sus golpes al ver a su madre tomar parte y mi sangre corriendo, quedando inmóvil esta vez sin siquiera proferir insultos, sino mirando incrédulo a su madre, quien insistía que había sido un accidente y que yo la habría provocado, mientras como de ultratumba se escuchaba la voz de mi madre a través del auricular gritando “¡Mary! ¡Por Dios! ¡Mary! ¡Qué le están haciendo a mi hija, por Dios!”, y de fondo la canción de amor que Claudio y yo habíamos bailado en nuestra boda...

Pasé largas horas a la espera, con las pocas cosas que pude reunir y con la certidumbre que no había vuelta atrás, que esta vez era el fin y aunque dolía debía hacerlo. Conversamos con Claudio durante ese tiempo como buenos amigos, con su madre encerrada en el taller, y por única vez conseguí oír a Claudio reconocer que su madre lo tenía jodido, que le había cortado las alas de la madurez y que iba a intentar hacer algo por independizarse, que su madre siempre le había cagado sus relaciones de pareja y ya estaba harto de pagar una deuda que no le correspondía. Y yo le insistía que su madre era una egoísta que se había dejado embarazar para atrapar a su padre, un apuesto carabinero descendiente de españoles y de buena familia, y que como no le diera resultado ni con él ni con los supuestos pretendientes que pudo tener a lo largo de su vida, se había dedicado a su hijo en una relación simbiótica y enfermiza, sin darse cuenta que lo trataba más como pareja que como un hijo, y que incentivaba sus conductas inmaduras como para evitar que creciese y la dejara sola.

Insistí en hacerle ver que, por el bien suyo y el de su madre, aún sin mí en medio, debía partir, debía independizarse, ya que era la única forma para él de convertirse en hombre y tener una relación saludable, lo que obligaría a su madre finalmente a hacer su propia vida como mujer y hasta quizás encontrase un hombre que la amara.

No sé si me escuchó, sólo sé que meses después él seguía en las mismas, sin trabajo, haciendo clases esporádicas de inglés y viviendo con su madre. Hay gente que ni aún con fuertes remezones se despierta. Hay hombres que no pueden evitar perder a la misma mujer dos veces. Hay otros, como yo, que tropiezan tal vez con la misma piedra, pero con el sueño muy, muy ligero...

 

De todas maneras, y a pesar de todo el odio y dolor que cargué contra él y sobre todo su madre, me vi obligada a entender por qué Claudio no me había escogido a mí y había preferido a su madre. Y cuando comencé a recordar todo lo que ella me había contado sobre su pasado, comprendí hasta qué punto Claudio se encontraba sometido a ella.

 

Lidia nació en el seno de una familia de inmigrantes alemanes, en el sur de Chile. Creció en medio de la pobreza y los malos tratos de su padre, un hombrote teutón de muy mal carácter y cero educación que creía firmemente en el poder de la propiedad y luchó toda su vida por poseer la mayor cantidad de tierra para luego perderla a manos de sus numerosas amantes e hijos ilegítimos. Hasta el día en que dejé a Claudio seguían las continuas disputas entre los hijos del matrimonio, peleándose cada despojo como si en ello se les fuera la vida, una relación llena de enconos y maledicencias de la que mi suegra no era ajena. Ella, por cierto enigma que nadie alcanzaba a comprender (se decía que en realidad era hija de una de las amantes de su padre) sufrió sobre todo la indiferencia de su progenitor y la ausencia de su madre que, aunque viviera hasta edad avanzada, hacía mucho tiempo que había volado lejos en un ensueño perenne.

De pequeña tuvo que ocuparse de las labores domésticas y del cuidado de sus hermanos más pequeños, sin recibir nada más a cambio que más insultos y desprecio, hasta que un buen día, a la edad de dieciséis, decidió escapar y buscar un futuro distinto en la ciudad. Pero su destino no habría de ser diferente del de muchas humildes jovencitas en su condición. Sin recursos y habiendo apenas finalizado cuatro años de enseñanza elemental no encontró más empleo que como asesora en hogares de cuicos irrespetuosos que al menor descuido le corrían mano o le levantaban la falda. Su historia de abusos, lejos de terminar, continuó con los malos tratos que sus patrones le propinaban, las horas extras que no le pagaban y los restos de comida que apenas le permitían probar. Como represalia, ante cualquier pequeña extravagancia de sus patrones, como exigirle cortar cada punta de las hojas de alcachofa para extraer la materia cremosa y comestible, planeaba venganzas sutiles que pasaban desapercibidas excepto para ella misma, como en vez de utilizar el cuchillo para cortar las consabidas puntas, extraer la pulpa con la boca y luego escupirlas en la ensaladera.

Sus únicos momentos de distracción lo constituían sus salidas del jueves, el único día libre que le estaba permitido, a partir de las ocho de la mañana, “pero debes estar de regreso sin falta a las siete de la tarde, para preparar la cena, entendido?”

En una de esas salidas fue que conoció a Orlando, el buen mozo carabinero descendiente de españoles, de ojos pardo claro y estampa distinguida. Se enamoró perdidamente con los galanteos del joven oficial, sin comprender cómo él, tan apuesto, podía jamás haber llegado a fijarse en una sureña humilde y tan sin gracia como ella, cuyo único atractivo eran sus tristes ojos grises.

Mantuvieron una relación por más de dos años, y fruto de sus amores nació Claudio en medio de la cocina de sus patrones, a quienes mi suegra, con gran esfuerzo, había conseguido ocultar el embarazo.

Con la promesa de matrimonio, Orlando la convenció de encargarse del niño por un tiempo, hasta que ambos pudieran estabilizarse y formar un futuro juntos. Mientras tanto sus padres se encargarían que al niño nada le faltase. Con aquella esperanza, Lidia partió a Arica, donde se rumoreaba la paga como empleada doméstica resultaba mucho mejor, debido a la escasez de mano de obra en la región, mientras Orlando era trasladado a la capital.

Por unos meses mantuvieron su relación a distancia y Lidia, ya instalada en un nuevo hogar donde el trato no era mucho mejor, pero la paga buena, tejía sueños y economizaba para el futuro.

Pero al poco tiempo las cartas de Orlando y sus esporádicas visitas comenzaron a escasear. Indagando con algunas amistades y su siempre fiel hermana Laura, llegó a sus oídos la infidelidad de su amante, que al parecer se encontraba en pleno affaire con una chica rubia muy linda de Providencia, obviamente de clase social más alta que la suya.

Sin pensarlo dos veces partió a Santiago con el corazón palpitante, a pesar de las protestas de su patrona por abandono de labores, y llegó justo a tiempo para ver a Orlando entrando en la casa de sus padres con Claudio en los brazos y la susodicha a su lado. Lidia creyó desfallecer. Analizó a la intrusa, no sin encontrarle razón a Orlando, ya que la chica era realmente bella, pero la vista de su hijo sonriéndole a una extraña le partió el alma. Corrió hacia Orlando con la intención de quitarle al niño, y ante la sorpresa de éste y la mirada de desprecio de la otra, sufrió una crisis de histeria que por poco le provoca el desmayo.

Una vez más tranquila Orlando intentó explicarle lo sucedido: “que la distancia, que somos de clases sociales muy diferentes, que mis padres... Pero yo me ocupo del niño, mis padres lo adoran, tú puedes seguir tu vida y encontrar a otro que te pueda querer más que yo, sin preocuparte por un mocoso, como si siguieras soltera y sin obligaciones, ves?”

Lidia aceptó llorando la realidad, pero ante las insinuaciones de Orlando de despojarla del niño, único vestigio del amor compartido, entró en otra crisis de violencia que terminó en la Cárcel Pública.

De allí en adelante los meses fueron pasando entre papeleos engorrosos y noches en vela, viendo cómo sus ilusiones se derrumbaban una tras otra y con el terror de perder a su hijo para siempre. A esto vino a sumarse la noticia de la muerte de su madre, y al poco tiempo, del matrimonio de Orlando con la rubia...

Finalmente, cuando Claudio había cumplido ya los tres años, Lidia obtuvo la custodia definitiva de su hijo. La última imagen que guardaría de su gran amor sería de él sentado en uno de los bancos del Tribunal, con su flamante esposa a su lado, y a Claudio llamándole “papá” para obtener sólo un frío saludo. Orlando no pudo aceptar la derrota, y se negó a ver a Claudio por años, tanto mejor para Lidia, que no quiso saber de él por otros tantos. Como consecuencia, si algún recuerdo tuvo Claudio de su familia paterna, su mente lo bloqueó muy temprano. Y como una de esas ironías de la vida, ese hijo rechazado sería el único que Orlando llegaría a tener en toda su vida, ya que la bella rubia se negó a darle descendencia.

 

Lidia y su hijo iniciaron su vida en Santiago con no pocos tropiezos al principio. Fue allí cuando se dio cuenta qué había querido decir Orlando al ofrecerse quedarse con el niño, ya que en esa época, a pesar de la moda de los hippies y del amor libre, una madre soltera tenía el doble de dificultades para encontrar trabajo, pero finalmente la aceptaron con hijo y todo como asesora en el hogar de una pareja de ancianos muy bonachones, que por años trataron a Claudio como a un nieto más. Fue gracias a ellos que Claudio obtuvo algunas lecciones de disciplina, ya que su madre, luego del trauma de casi perderlo, le aceptaba prácticamente todo (y aún lo hace). Fue allí también donde Lidia aprendió a usar la máquina de coser, con tanto acierto que a la muerte del viejo y en vista que la anciana esposa se iba a vivir con uno de sus hijos, se empleó como costurera en un taller en el centro, donde se mantuvo por casi veinte años. Gracias a este trabajo, aunque a duras penas y con muchos sacrificios consiguió comprar su casita roja de ladrillos en Puente Alto. También este empleo la ayudaría a enviar a Claudio a la Universidad, una vez que se dio cuenta que el único modo de evitar que su hijo sufriera las mismas humillaciones que ella era dándole una buena educación. Pero no contaba con los problemas de concentración y los amoríos de Claudio, a quien le tomó dos fracasos universitarios en Valdivia y un hijo mío obtener un diploma profesional...

 

 

Mariela vino a buscarme con un amigo suyo y tomamos algunas de las pocas cosas que podíamos cargar, rumbo a la casa que ella compartía con su hermano mayor. Allí me quedé por tres días, mientras esperaba que el sinvergüenza de mi ex jefe –con el que había dejado de trabajar a comienzos de diciembre- terminara de pagarme el último mes de sueldo que aún me debía. Sin embargo, pese a las muchas veces que intenté comunicarme con él y a la vez que traté de localizarlo en su nueva oficina sólo conseguí evasivas. Y yo contaba con ese dinero para volver a Valpo, ya que en mi primera visita a mi familia había gastado lo poco que me quedaba. Así que me encontré nuevamente dependiendo de otros, en este caso de mi amiga, que pasados los primeros días de alborozo por nuestro reencuentro comenzó a mostrarse inquieta y a insinuarme que debía partir. Yo sabía que si me iba a Valpo perdería toda posibilidad de recuperar mi dinero, pero el ambiente en casa de mi amiga comenzó a mostrarse muy pesado. Mientras, recibía las diarias llamadas de Claudio, que no se resignaba a la separación y aún trataba de recuperarme, y de mi familia, preocupados por mi situación y deseosos de saber cuándo volvería a casa.

Y en vista que al parecer no había esperanza de recibir mi sueldo luego, Mariela decidió darme el dinero necesario para tomar el primer bus al Puerto, haciéndome sentir como una carga y olvidando los tantos años en que me quemé las pestañas ayudándola en sus trabajos universitarios y explicándole las materias que no entendía. Olvidó cómo muchas veces puse de mi propio dinero para salir con ella e invitarla al cine, o a comer, o a un pub... Gracias a mí Mariela pudo dar término a su carrera universitaria. Era yo quien corregía sus escritos y su mala ortografía. Era yo quien pasaba gran parte de mi tiempo dedicada a sus labores mientras ella se divertía con sus múltiples admiradores y compañeras de clase. Y para colmo, era yo quien tenía que justificarla y defenderla constantemente frente a su madre, otra mujer dominante que no vivía más que a través de su hija.

Fue así como, luego de su traición en un momento tan crucial en mi vida, decidí dar por fin terminada otra relación de abusos en mi vida...

 

- ¿Y tu familia? ¿Cómo reaccionaron ellos ante todo esto?

- Me apoyaron bastante. Aunque sí me recordaron sus advertencias antes del matrimonio, pero sobre todo mi madre, que de haber sido toda su vida muy poco demostrativa en su afecto hacia mí, al parecer esta vez se sintió tocada. Me imagino porque vio en mi experiencia reflejada la suya propia con mi padre, y hasta llegó a decirme un día que admiraba mi valentía de haber sabido decir “basta”. En el fondo, al verme cada día mejor, aunque deprimida, se preguntaba qué le habría deparado el destino si ella hubiera optado por algo similar. Mi padre, en cambio, aunque odiaba a Claudio con toda su alma, no pudo menos que sentirse tácitamente criticado, y el temor inconsciente de perder a su familia por actitudes similares a las de Claudio salió a la superficie. Mi acción, en efecto, hizo interrogarse a toda la familia. Y yo me sentía orgullosa a mi vez de haber podido demostrarles con hechos lo que siempre afirmé: que jamás me dejaría denigrar de esa manera por mucho tiempo, que sería capaz de salir de una situación así por mis propios medios.

- Y tenías razón. Requiere mucho coraje hacer lo que tú hiciste.

- Aunque pagué un precio muy caro. Como decía, mi familia comenzó a interrogarse muchas cosas, sobre todo cuando expuse que una de mis razones para haber dado fin a mi matrimonio es que no quería exponer a mis hijos a una situación de ese tipo, porque ya había pasado por eso con mis padres y no era agradable. Mi padre, obviamente, se sintió ofendido, como se siente cada vez que uno le menciona el tema de sus reacciones violentas, pero tuve que convencerlo que pese a todo él había demostrado que una persona podía cambiar y al menos no era un flojo como mi marido, al menos no tenía esa relación insana con su madre.

- Bueno, insana también, aunque de otra forma.

- Claro, quiero decir, sin esa dependencia enfermiza...

- ¿Tu padre ya no golpeaba a su mujer?

- Hacía mucho tiempo había dejado de hacerlo, sobre todo desde que mis hermanos, ya grandes, comenzaron a enfrentarlo físicamente en caso de. Y ya no tenía tanta necesidad tampoco, porque nosotros nos dábamos cuenta un poco de la dinámica entre ellos y cómo muchas veces él sólo reaccionaba a las provocaciones de mi madre... Así que interveníamos en sus disputas como moderadores...

- Tú también hacías eso con Claudio.

- Algo de eso, sí... Pero con Claudio el problema es que no había forma de hablarle si no era gritando. Nunca quería escuchar si no estaba de acuerdo con algo, era muy terco. Y él comenzaba las provocaciones también, sobre todo cuando me criticaba a mí o a mi familia.

- De todas maneras tomaste una buena decisión. Eso indica que nuestro trabajo ha comenzado a rendir frutos. Estás haciendo algo distinto de lo que solías hacer, estás rompiendo con tus antiguos patrones de conducta.

- Pero tengo miedo...

- Todo cambio es atemorizante..., pero necesario. Si no, nos pasamos la vida repitiendo las mismas conductas y los mismos dolores. ¡Ánimo, a comenzar otra etapa!

Por arielnazer.over-blog.es
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