Sunday 17 july 2011 7 17 /07 /Jul /2011 10:43

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Cuando me decidí por fin a realizar la visita a Claudio tantas veces aplazada tenía miedo, pero a la vez sabía lo que iba a ocurrir después. Aún tenía en la memoria esa vez en que él vino a verme en plan de amigos, y pasamos una noche memorable comiendo chorrillanas y bailando luego en La Roca y en otra disco como dos buenos compinches. Pero después, en el bus de viaje a Santiago, él cometió el error de insistir en su amor por mí, que para él nada había cambiado, que yo, completamente incómoda y con la sensación de estar haciendo algo muy malo, decidí tomar un bus de vuelta a Valpo recién llegada a la capital, y para no tener que contar nada de lo que había sucedido a mi familia (me habrían dicho: “te lo dijimos”), decidí llamar a un buen amigo y terminé pasando un fin de semana de maravilla con él (nada romántico, empero)

Pero esta vez tenía que ir, se lo había prometido muchas veces. Y además, me sentía sola, desesperada, creyendo no poder encontrar a nadie para casarme, bueno, veintiséis en Chile no es una buena edad para seguir soltera... Y en el fondo sabía que podía contar con Claudio para realizar mis planes.

Y en efecto, llegada a Santiago las cosas parecieron marchar sobre ruedas desde el principio. Él parecía mucho más maduro que cuando lo dejé, tenía un trabajo estable como periodista en una radioemisora, y además sabía bailar salsa, porque su última novia, mayor que él en tres años, había estado muchas veces en Brasil y adoraba los ritmos latinos, así que, aparte de insistirle en contraer matrimonio, se pasó el tiempo de su relación inculcándole su amor al baile, enseñándole algunos pasos que él aprendió a la perfección.

Ese fin de semana lo pasamos en reunión familiar con sus parientes y algunos amigos, tomando vino con frutillas y disfrutando de un rico asado a las brasas, especialidad de los machos en mi tierra, y terminamos bailando merengues y cumbias en la terraza. Finalmente cansada, decidí reposar un rato en su habitación, preguntándome si sería buena idea, si el amor había vuelto a nacer al verlo tan diferente, si qué dirían mis padres, hasta que lo oí entrar a la habitación, y casi sin hacer ruido, dedicarse a observarme mientras yo fingía dormir. Pero al cabo de unos minutos no pude seguir con la farsa y abrí los ojos para lanzarle de sopetón: “Casémonos”.

Luego de eso todo sucedió vertiginosamente. El mismo lunes de la semana siguiente anuncié en mi casa que había vuelto con Claudio y que pensábamos casarnos lo más pronto posible. Y de hecho, apenas cinco meses después firmábamos ante el Registro Civil de mi ciudad, su madre, una tía y su hija, y no pocos parientes de mi parte, el compromiso de amarnos y respetarnos por el resto de nuestros días, aunque con separación de bienes...

 

Debí darme cuenta antes del error que estaba cometiendo, pero, como dicen por ahí, “no hay peor ciego que el que no quiere ver”... Debí ver que no podía confiar en él cuando descubrí que me había mentido, que en realidad no tenía trabajo, que lo había perdido poco después de volver conmigo, y cada mañana, cuando salía temprano supuestamente para trabajar, en realidad se iba directamente a la Biblioteca Municipal y se pasaba las horas hojeando periódicos, a veces buscando empleo, otras simplemente dejando pasar el tiempo.

Debí sospechar de sus tardes libres, cuando aparentemente no pasaba nada en el medio digno de la atención periodística (aun con la detención de Pinochet en Londres...), o todos sus fines de semana en la casa (“- porque estoy a punto de casarme, me dan horarios fáciles...”)

Pero en realidad preferí mentirme a mí misma, y cuando al fin supe la verdad me pareció muy tarde para arrepentirme a apenas dos meses de la boda, y con la vergüenza de tener que afrontar las críticas de todo el mundo. Además, me dije que sería una situación temporal, de todas maneras no teníamos que preocuparnos de dónde vivir porque habíamos decidido quedarnos en la casa de su madre, que algún día sería suya por legítima herencia. Aparte consideré muy romántica la idea de que él me había ocultado todo por temor a perderme de nuevo, todo muy tierno...

Pero hubo otros signos que debieron advertirme, como el hecho de tener que acatar las decisiones de su madre en todo lo concerniente al matrimonio, como la fecha (“Mejor en julio, tengo menos pega”), la hora (“- a las diez y media es mejor, nos da tiempo para venir de Santiago”), el lugar (“Mejor en tu casa, en Valparaíso, porque en la mía no hay lugar, y no tenemos dinero para comprar muebles para recibir a los invitados”) y la imposibilidad de realizar una ceremonia religiosa por el momento, algo con lo que yo había soñado toda mi vida.

No quise ver, con el resultado que, apenas llegada a instalarme en Santiago un día después de la boda, enfrentamos las caras largas de mi suegra y su hermana, descontentas porque supuestamente mi padre les habría hecho un desaire durante la celebración que se efectuó en mi casa. Al parecer mi padre les habría quitado de las manos una bandeja con canapés como prohibiéndoles comer en exceso, cuando mi padre sólo pensó en liberarlas de la obligación de tener que portarla. Simple lógica, para mí no cupo ninguna duda, pero para mujeres habituadas a sentirse despreciadas por su baja condición, al toparse con gente de una clase algo superior se sintieron intimidadas, seguro, y buscaron cualquier detalle para no tener que ver ese estigma que portaban, culpando a mis padres como salida fácil. El hecho me hirvió la sangre. Por mucho que mi padre haya cometido errores en su vida con mi madre y la familia, sé que en el fondo es una persona noble, y nadie va a venir a acusarlo de tratar a otros con desprecio si son de clase social inferior, si no le han hecho algo para provocarlo. Quien conoce a mi padre sabe de los altos ideales que lo inspiran, la injusticia le exaspera y deprime, y no hace daño a nadie, salvo si tiene que defenderse, aunque sus reacciones pueden ser a menudo muy exageradas, lo reconozco. Es un buen ogro, con pinta de mal genio, pero muy bueno de corazón y por eso le han metido el dedo en la boca tantas veces...

 

La primera vez que Claudio mostró su verdadera faceta fue a la semana de casados, cuando nos aprestábamos a partir a nuestro fin de semana en Maitencillo (regalo de bodas que un buen amigo y cliente mío nos había ofrecido a modo de pequeña luna de miel) No conseguíamos ponernos de acuerdo en cuanto a la hora de partida, y Claudio estalló en un ataque de celos descomunal al enterarse que yo ya conocía el lugar, suponiendo que ya había estado allí con mi amigo como amante. La verdad es que yo ya me había alojado en el mismo hotel, pero como parte de nuestro viaje de fin de curso al salir de cuarto medio, y no guardaba buenos y jugosos recuerdos como Claudio parecía creer. Por supuesto, no conseguí convencerlo, pero aún así (yo creo que porque recién nos habíamos casado) nos la arreglamos para pasarlo medianamente bien comiendo machas con limón y haciendo el amor como locos durante toda la tarde.

Al mes siguiente otro episodio debió activar mis señales de alerta, cuando nuevamente un estallido de rabia sin proporciones le hizo casi llegar a los golpes sólo porque yo había querido llamar por teléfono a Mauro, ya que hacía un buen tiempo que no tenía noticias de mi familia. Aun con parte de razón, considerando que mi familia no mostraba ningún interés por comunicarse conmigo (mi padre había perdido hacía poco la pega, y pasaban por un momento de crisis económica que les privaba incluso de las comunicaciones telefónicas) consideré su reacción desmedida y partí sin rumbo de la casa para volver dos horas después y encontrarlo mucho más apacible, como si nada hubiera pasado.

 

La primera vez que me golpeó no quise llamarlo violencia, ya que técnicamente no fueron golpes, sino un empujón descomunal que me envió de espaldas contra las escaleras, y todo porque le relaté en medio de una crisis de nervios cómo un hombre me había seguido cuando me dirigía al negocio de la esquina. Él me echó toda la culpa, aduciendo que por mis pantalones tan ajustados obviamente llamaba la atención, y agregó: “Pareces un poto con piernas”, por lo redondo y bien formado de mis glúteos y la delgadez excesiva de mis extremidades.

 

De ahí en adelante las cosas siguieron deteriorándose, poco a poco al principio, a ritmo vertiginoso después. Yo jamás he sabido perdonar, y a cada nueva pelea recurría a las consabidas aventuras y malos tratos que había sufrido de su parte remontándome a los años en que aún éramos novios. Y a todo esto se agregaba el hecho que no lo veía hacer ningún esfuerzo por encontrar trabajo, aparte de tres o cuatro veces durante todo el tiempo en que estuvimos casados. Por mi parte, ya había encontrado como secretaria para un ingeniero comercial, un trabajo tan aburrido y rutinario que me daba tiempo sin embargo para reflexionar y aumentar mi deseo de escape.

A pesar de trabajar sólo de lunes a viernes, y de nueve a seis, terminaba la semana exhausta, ya que, deseando no importunar a mi suegra había asumido como propia la tarea de preparar el almuerzo de los tres al llegar a casa. Además, vivíamos tan lejos del centro que me tomaba casi dos horas ir al trabajo y dos horas más para volver, luchando cada día contra el sueño y la frustración de llegar a casa rendida para ver que Claudio se había pasado el día viendo televisión y estudiando absurdamente inglés con mi máquina de escribir, pero sin haber hecho ni siquiera nuestra cama. Y lo peor es que no mostraba ni signos de haberme extrañado durante el día. Jamás ponía el agua para las once cuando sabía perfectamente a qué hora yo debía llegar a casa, y el fin de semana lo pasábamos viendo la TV por cable (que yo había pagado), sin salir a ningún lado (a no ser con su madre), ni visitar a nadie excepto sus parientes, que a fuerza de humildes y de escasos horizontes comenzaban a fastidiarme.

Los hábitos de mi suegra comenzaban a hartarme también. Tenía tres perros, y sin haber educado a ninguno nos obligaba no pocas veces a comer con ella en su taller, en medio de la podredumbre y hediondez de la mierda canina esparcida por todos lados. Yo antes siempre amé a los perros, pero allí, entre tanta mierda y pulgas comencé a odiarlos. Tenía también la mala costumbre de poner sobre la mesa un paño para que todos nos sirviéramos a modo de servilleta, pero era imposible para mí no sentir asco cuando la veía meterse el meñique en la oreja para luego limpiarse con el mismo paño...

Además, en vez de ayudarme a incentivar a Claudio a asumir sus responsabilidades de hombre y marido, seguía tratándolo como un niño y buscando mil excusas a su flojera y arrebatos de mal humor. Solía reconocer ante mí que era cierto que su hijo necesitaba madurar, pero cuando veía que yo le había negado el dinero para comprar Coca Cola (consumía dos litros diarios), ya que había otras cosas más importantes (y yo ya pagaba la mercadería del mes), ella le daba, como desafiándome, y me dejaba con el papel de la mala esposa.

O aquella vez en que Claudio me hizo una escena porque yo había lavado sin querer sus camisas en agua caliente, dejándolas tan arrugadas que costaba un mundo plancharlas. Y su madre me plantó el sermón que como esposa yo debería saber cómo lavar la ropa, olvidando que era yo quien se encargaba del lavado en general, y pasaba buena parte de mi fin de semana “de reposo” limpiando la casa a fondo, ya que ellos no pasaban ni siquiera la escoba. Y luego de este episodio, como para darme una lección, la buena señora tiñó toda mi ropa interior blanca de rosado, porque en uno de sus lavados “accidentalmente” mezcló un par de calcetas rojas. Curiosamente en su lavado sólo había incluido mi ropa, nada suyo o de Claudio.

Claudio tampoco le ahorraba detalles a su madre de nuestros problemas en materia sexual, y es así como una vez, teniendo incluso como testigos a su tía y una prima de apenas trece años, se quejó que yo lo forzaba continuamente a tener relaciones sexuales, y le molestaba particularmente mi insistencia en darle sexo oral, y ahí saltaron las dos mujeres solteronas y amargadas con lo de la inmoralidad del acto, (beatas hipócritas de Iglesia Evangélica, que predicaban contra todo pecado ajeno, pero para quienes robar un yogurt en el supermercado o el papel confort en la Estación de Buses no constituía más que una justicia social...) y aparte me atacaron con sus teorías baratas de comadronas que, al parecer, el “chuparlo hace que no se pare más y no se puede tener guagua”. Y lo peor es que Claudio les creía y las apoyaba, para dejarme avergonzada e incomprendida con la sensación que Galileo debió tener tratando de explicar a la gente del Medioevo que La Tierra gira alrededor del sol y no a la inversa...

Y todo esto le daba aires a su madre para incluso golpearnos la pared cuando intentábamos hacer el amor en el mayor silencio posible, como si el que marido y mujer se amen fuese pecado... Dios mío, todavía doy gracias de haber salido de ese infierno...

 

Me tenía aburrida tanta miseria, y cada vez que intentaba hacerle ver a Claudio que necesitaba su ayuda, su presencia, su afecto, él no me escuchaba o estallaba en arrebatos de ira, haciéndome reaccionar de igual forma y terminando ambos en trifulcas conmigo por el suelo envuelta en llanto y más y más exhausta, ya que luego de esas peleas descomunales me iba a dormir al living, donde apenas podía conciliar el sueño por las pulgas y el mal olor de los perros.

 

En los últimos días comencé a caer en una depresión profunda que me llevó un día a cortarme el brazo izquierdo como hiciera en ocasiones anteriores, dejando a Claudio penitente y tratando de curar la herida, pero sólo significó una corta tregua. Las cosas no podrían mejorar.

 

En la oficina no me sentía mucho mejor. Mi jefe era uno de esos tipos arribistas que debía dinero a todo el mundo, y vivía escondiéndose de sus acreedores, así que me tocó no pocas veces recibir los insultos de algún estafado iracundo, aburrido de mis excusas profesionales al teléfono. Tampoco me sentía muy segura de mis aptitudes. Conocía un poco de computación, pero nada de secretariado, y de todas maneras mi jefe trabajaba mucho menos de lo que se ocupaba en hacer el amor con su amante, una joven mucho menor y obviamente interesada en su dinero (bastante tonta también para no darse cuenta que él nada tenía más que deudas). Bueno, siempre tuve la duda de si eran o no amantes, hasta que un día llegué a la oficina más temprano de lo esperado luego de hacer unos depósitos, y encontré las luces apagadas y el desorden de papeles y ropa interior tirados por el suelo. No supe qué hacer, y me mantuve inmóvil, en la disyuntiva, hasta que el ring!!!! sobre mi escritorio me sacó de mi estupor. Era él, pidiéndome salir y regresar algo más tarde, obviamente, para que no los viera en pelotas cuando vinieran a recoger sus cosas.

Este episodio con su toque de humor vino a relajar un poco el por entonces tenso ánimo en que me encontraba, pero aún así seguía sin poder contener las lágrimas cuando tomaba el metro para regresar a casa, que cada día me parecía más una prisión que un hogar, o cuando observaba mi anillo de casada, símbolo de esclavitud y miseria... Y de desesperanza...

 

Un día no pude más, y luego de una gran disputa para Navidad agarré mi bolso y algunas pertenencias, y partí a Valpo. Mis padres, que nada sabían y que me juraban dichosa y satisfecha con mi nueva vida, se cayeron de asombro al verme aparecer así, sin aviso, y más aún cuando les confesé lo que estaba sucediendo, pero aún así consideraron el incidente como una de esas típicas peleas de recién casados, sin ver realmente que yo estaba muriendo. Y cuando Claudio llamó para reconciliarse conmigo me presionaron incluso para que él viniera a Valpo y pasáramos el Año Nuevo todos juntos.

Yo tenía miedo, pero aún lo amaba, y aunque rogué porque no insistieran en nuestra reconciliación, interiormente no estaba todavía preparada para la ruptura definitiva. Y sentía vergüenza de terminar todo a apenas cinco meses de matrimonio y luego de todas las advertencias de mis padres. También el qué dirán de mis amigos y ex colegas me preocupaba demasiado.

Ese año pasamos unas fiestas fantásticas con Claudio, para contrarrestar un poco la pésima Navidad con su madre que se había hasta enojado conmigo al verme triste por estar lejos de mi familia en esa fecha tan especial para mí. Y Claudio parecía feliz lejos de su madre, compartiendo con mi familia como uno más de los nuestros, viviendo por una vez lo que nunca tuvo. Sin embargo, cuando emprendimos el viaje de vuelta a Santiago tuve miedo. Miedo de no volver a ver a mi familia, miedo de la reacción de mi suegra por mi escapada, miedo de haber perdido toda posibilidad de salvación, miedo de Claudio... Y como intuyendo el fin, rogué a Claudio que intentáramos arreglar las cosas, empezando por irnos a vivir solos, sin su madre, tratando de explicarle que a pesar de lo mucho que la apreciaba (mentira), el hecho que ella lo tratara como a un niño no ayudaba a nuestra relación de adultos, y él, para mi sorpresa, estuvo de acuerdo conmigo. Pero una vez llegados a Santiago la cosa cambió.

De partida su madre comenzó por recriminarnos muy solapadamente el hecho de haber pasado el Año Nuevo con su hermana y sin su único hijo, y al día siguiente, al tratar de exponerle nuestros planes, estalló en un arrebato de ira y celos como jamás la había visto. Me llamó loca, ladrona y cruel, si “cómo me querís separare de mijo a mí, que dejé too botao por mi niño cuando ese desgraciao nos dejó por la cuica, mala, mujer mala!!!!” Y Claudio, oh sorpresa, en vez de calmar las cosas se puso de su lado y comenzó a insultarme también.

Esa fue una noche de locos. A nuestras tres voces unidas gritando en el máximo de los decibeles permitidos a la voz humana, se sumó el aullido de los perros, la música del equipo a todo volumen para que los vecinos no escucharan la pelea, y los golpes de éstos por la hora y tanto ruido. Finalmente me fui a la cama vencida por el llanto y la frustración, completamente herida y sintiéndome traicionada por Claudio, y también convencida que su madre y yo ya no podríamos vivir bajo el mismo techo.

Me desperté tarde a la mañana siguiente (hecho poco habitual, ya que intentaba siempre levantarme muy temprano para evitar las críticas de mi suegra, quien detestaba que durmiera hasta tarde ya que eso incentivaba la flojera de su hijo?!). Sentí de inmediato a Claudio escuchando música en el living. No lo pensé dos veces y llamé a Mariela, que se encontraba también viviendo en la capital, le conté le sucedido y quedé de esperarla a que llegara a buscarme con un amigo, en caso que Claudio reaccionara con violencia. Comencé de inmediato a preparar mis maletas, sin perder ni un minuto, y tan concentrada estaba que no me di cuenta que Claudio había entrado a la habitación. Me observó por unos instantes, y cuando se dio cuenta que planeaba dejarlo comenzó a golpearme más fuerte que nunca. Al poco rato llegó también su madre de compras, y trató de primeras de apartar a su hijo de mí para impedirle que me siguiera pegando, mientras yo, con el aliento cortado por los sollozos repetía sin cesar “Tu madre no quiere que yo siga en esta casa! Vamos, Sra. Lidia, dígaselo, yo no puedo seguir aquí, por favor, Ud. Sabe que yo no me puedo quedar!!” Y así hasta que recibimos la llamada milagrosa de mi madre, que debe haber presentido lo que pasaba, y al oír su voz me quebré y comencé a gritar pidiendo ayuda. Y claro, la reacción de mi suegra fue de quitarme el auricular de golpe y herirme tan fuerte con él que gruesos borbotones de sangre comenzaron a rodar al costado de mi ceja izquierda, y a pesar de los años la profunda cicatriz me recuerda aún este episodio. Lo increíble fue la reacción de Claudio, que cesó en sus golpes al ver a su madre tomar parte y mi sangre corriendo, quedando inmóvil esta vez sin siquiera proferir insultos, sino mirando incrédulo a su madre, quien insistía que había sido un accidente y que yo la habría provocado, mientras como de ultratumba se escuchaba la voz de mi madre a través del auricular gritando “¡Mary! ¡Por Dios! ¡Mary! ¡Qué le están haciendo a mi hija, por Dios!”, y de fondo la canción de amor que Claudio y yo habíamos bailado en nuestra boda...

Pasé largas horas a la espera, con las pocas cosas que pude reunir y con la certidumbre que no había vuelta atrás, que esta vez era el fin y aunque dolía debía hacerlo. Conversamos con Claudio durante ese tiempo como buenos amigos, con su madre encerrada en el taller, y por única vez conseguí oír a Claudio reconocer que su madre lo tenía jodido, que le había cortado las alas de la madurez y que iba a intentar hacer algo por independizarse, que su madre siempre le había cagado sus relaciones de pareja y ya estaba harto de pagar una deuda que no le correspondía. Y yo le insistía que su madre era una egoísta que se había dejado embarazar para atrapar a su padre, un apuesto carabinero descendiente de españoles y de buena familia, y que como no le diera resultado ni con él ni con los supuestos pretendientes que pudo tener a lo largo de su vida, se había dedicado a su hijo en una relación simbiótica y enfermiza, sin darse cuenta que lo trataba más como pareja que como un hijo, y que incentivaba sus conductas inmaduras como para evitar que creciese y la dejara sola.

Insistí en hacerle ver que, por el bien suyo y el de su madre, aún sin mí en medio, debía partir, debía independizarse, ya que era la única forma para él de convertirse en hombre y tener una relación saludable, lo que obligaría a su madre finalmente a hacer su propia vida como mujer y hasta quizás encontrase un hombre que la amara.

No sé si me escuchó, sólo sé que meses después él seguía en las mismas, sin trabajo, haciendo clases esporádicas de inglés y viviendo con su madre. Hay gente que ni aún con fuertes remezones se despierta. Hay hombres que no pueden evitar perder a la misma mujer dos veces. Hay otros, como yo, que tropiezan tal vez con la misma piedra, pero con el sueño muy, muy ligero...

 

De todas maneras, y a pesar de todo el odio y dolor que cargué contra él y sobre todo su madre, me vi obligada a entender por qué Claudio no me había escogido a mí y había preferido a su madre. Y cuando comencé a recordar todo lo que ella me había contado sobre su pasado, comprendí hasta qué punto Claudio se encontraba sometido a ella.

 

Lidia nació en el seno de una familia de inmigrantes alemanes, en el sur de Chile. Creció en medio de la pobreza y los malos tratos de su padre, un hombrote teutón de muy mal carácter y cero educación que creía firmemente en el poder de la propiedad y luchó toda su vida por poseer la mayor cantidad de tierra para luego perderla a manos de sus numerosas amantes e hijos ilegítimos. Hasta el día en que dejé a Claudio seguían las continuas disputas entre los hijos del matrimonio, peleándose cada despojo como si en ello se les fuera la vida, una relación llena de enconos y maledicencias de la que mi suegra no era ajena. Ella, por cierto enigma que nadie alcanzaba a comprender (se decía que en realidad era hija de una de las amantes de su padre) sufrió sobre todo la indiferencia de su progenitor y la ausencia de su madre que, aunque viviera hasta edad avanzada, hacía mucho tiempo que había volado lejos en un ensueño perenne.

De pequeña tuvo que ocuparse de las labores domésticas y del cuidado de sus hermanos más pequeños, sin recibir nada más a cambio que más insultos y desprecio, hasta que un buen día, a la edad de dieciséis, decidió escapar y buscar un futuro distinto en la ciudad. Pero su destino no habría de ser diferente del de muchas humildes jovencitas en su condición. Sin recursos y habiendo apenas finalizado cuatro años de enseñanza elemental no encontró más empleo que como asesora en hogares de cuicos irrespetuosos que al menor descuido le corrían mano o le levantaban la falda. Su historia de abusos, lejos de terminar, continuó con los malos tratos que sus patrones le propinaban, las horas extras que no le pagaban y los restos de comida que apenas le permitían probar. Como represalia, ante cualquier pequeña extravagancia de sus patrones, como exigirle cortar cada punta de las hojas de alcachofa para extraer la materia cremosa y comestible, planeaba venganzas sutiles que pasaban desapercibidas excepto para ella misma, como en vez de utilizar el cuchillo para cortar las consabidas puntas, extraer la pulpa con la boca y luego escupirlas en la ensaladera.

Sus únicos momentos de distracción lo constituían sus salidas del jueves, el único día libre que le estaba permitido, a partir de las ocho de la mañana, “pero debes estar de regreso sin falta a las siete de la tarde, para preparar la cena, entendido?”

En una de esas salidas fue que conoció a Orlando, el buen mozo carabinero descendiente de españoles, de ojos pardo claro y estampa distinguida. Se enamoró perdidamente con los galanteos del joven oficial, sin comprender cómo él, tan apuesto, podía jamás haber llegado a fijarse en una sureña humilde y tan sin gracia como ella, cuyo único atractivo eran sus tristes ojos grises.

Mantuvieron una relación por más de dos años, y fruto de sus amores nació Claudio en medio de la cocina de sus patrones, a quienes mi suegra, con gran esfuerzo, había conseguido ocultar el embarazo.

Con la promesa de matrimonio, Orlando la convenció de encargarse del niño por un tiempo, hasta que ambos pudieran estabilizarse y formar un futuro juntos. Mientras tanto sus padres se encargarían que al niño nada le faltase. Con aquella esperanza, Lidia partió a Arica, donde se rumoreaba la paga como empleada doméstica resultaba mucho mejor, debido a la escasez de mano de obra en la región, mientras Orlando era trasladado a la capital.

Por unos meses mantuvieron su relación a distancia y Lidia, ya instalada en un nuevo hogar donde el trato no era mucho mejor, pero la paga buena, tejía sueños y economizaba para el futuro.

Pero al poco tiempo las cartas de Orlando y sus esporádicas visitas comenzaron a escasear. Indagando con algunas amistades y su siempre fiel hermana Laura, llegó a sus oídos la infidelidad de su amante, que al parecer se encontraba en pleno affaire con una chica rubia muy linda de Providencia, obviamente de clase social más alta que la suya.

Sin pensarlo dos veces partió a Santiago con el corazón palpitante, a pesar de las protestas de su patrona por abandono de labores, y llegó justo a tiempo para ver a Orlando entrando en la casa de sus padres con Claudio en los brazos y la susodicha a su lado. Lidia creyó desfallecer. Analizó a la intrusa, no sin encontrarle razón a Orlando, ya que la chica era realmente bella, pero la vista de su hijo sonriéndole a una extraña le partió el alma. Corrió hacia Orlando con la intención de quitarle al niño, y ante la sorpresa de éste y la mirada de desprecio de la otra, sufrió una crisis de histeria que por poco le provoca el desmayo.

Una vez más tranquila Orlando intentó explicarle lo sucedido: “que la distancia, que somos de clases sociales muy diferentes, que mis padres... Pero yo me ocupo del niño, mis padres lo adoran, tú puedes seguir tu vida y encontrar a otro que te pueda querer más que yo, sin preocuparte por un mocoso, como si siguieras soltera y sin obligaciones, ves?”

Lidia aceptó llorando la realidad, pero ante las insinuaciones de Orlando de despojarla del niño, único vestigio del amor compartido, entró en otra crisis de violencia que terminó en la Cárcel Pública.

De allí en adelante los meses fueron pasando entre papeleos engorrosos y noches en vela, viendo cómo sus ilusiones se derrumbaban una tras otra y con el terror de perder a su hijo para siempre. A esto vino a sumarse la noticia de la muerte de su madre, y al poco tiempo, del matrimonio de Orlando con la rubia...

Finalmente, cuando Claudio había cumplido ya los tres años, Lidia obtuvo la custodia definitiva de su hijo. La última imagen que guardaría de su gran amor sería de él sentado en uno de los bancos del Tribunal, con su flamante esposa a su lado, y a Claudio llamándole “papá” para obtener sólo un frío saludo. Orlando no pudo aceptar la derrota, y se negó a ver a Claudio por años, tanto mejor para Lidia, que no quiso saber de él por otros tantos. Como consecuencia, si algún recuerdo tuvo Claudio de su familia paterna, su mente lo bloqueó muy temprano. Y como una de esas ironías de la vida, ese hijo rechazado sería el único que Orlando llegaría a tener en toda su vida, ya que la bella rubia se negó a darle descendencia.

 

Lidia y su hijo iniciaron su vida en Santiago con no pocos tropiezos al principio. Fue allí cuando se dio cuenta qué había querido decir Orlando al ofrecerse quedarse con el niño, ya que en esa época, a pesar de la moda de los hippies y del amor libre, una madre soltera tenía el doble de dificultades para encontrar trabajo, pero finalmente la aceptaron con hijo y todo como asesora en el hogar de una pareja de ancianos muy bonachones, que por años trataron a Claudio como a un nieto más. Fue gracias a ellos que Claudio obtuvo algunas lecciones de disciplina, ya que su madre, luego del trauma de casi perderlo, le aceptaba prácticamente todo (y aún lo hace). Fue allí también donde Lidia aprendió a usar la máquina de coser, con tanto acierto que a la muerte del viejo y en vista que la anciana esposa se iba a vivir con uno de sus hijos, se empleó como costurera en un taller en el centro, donde se mantuvo por casi veinte años. Gracias a este trabajo, aunque a duras penas y con muchos sacrificios consiguió comprar su casita roja de ladrillos en Puente Alto. También este empleo la ayudaría a enviar a Claudio a la Universidad, una vez que se dio cuenta que el único modo de evitar que su hijo sufriera las mismas humillaciones que ella era dándole una buena educación. Pero no contaba con los problemas de concentración y los amoríos de Claudio, a quien le tomó dos fracasos universitarios en Valdivia y un hijo mío obtener un diploma profesional...

 

 

Mariela vino a buscarme con un amigo suyo y tomamos algunas de las pocas cosas que podíamos cargar, rumbo a la casa que ella compartía con su hermano mayor. Allí me quedé por tres días, mientras esperaba que el sinvergüenza de mi ex jefe –con el que había dejado de trabajar a comienzos de diciembre- terminara de pagarme el último mes de sueldo que aún me debía. Sin embargo, pese a las muchas veces que intenté comunicarme con él y a la vez que traté de localizarlo en su nueva oficina sólo conseguí evasivas. Y yo contaba con ese dinero para volver a Valpo, ya que en mi primera visita a mi familia había gastado lo poco que me quedaba. Así que me encontré nuevamente dependiendo de otros, en este caso de mi amiga, que pasados los primeros días de alborozo por nuestro reencuentro comenzó a mostrarse inquieta y a insinuarme que debía partir. Yo sabía que si me iba a Valpo perdería toda posibilidad de recuperar mi dinero, pero el ambiente en casa de mi amiga comenzó a mostrarse muy pesado. Mientras, recibía las diarias llamadas de Claudio, que no se resignaba a la separación y aún trataba de recuperarme, y de mi familia, preocupados por mi situación y deseosos de saber cuándo volvería a casa.

Y en vista que al parecer no había esperanza de recibir mi sueldo luego, Mariela decidió darme el dinero necesario para tomar el primer bus al Puerto, haciéndome sentir como una carga y olvidando los tantos años en que me quemé las pestañas ayudándola en sus trabajos universitarios y explicándole las materias que no entendía. Olvidó cómo muchas veces puse de mi propio dinero para salir con ella e invitarla al cine, o a comer, o a un pub... Gracias a mí Mariela pudo dar término a su carrera universitaria. Era yo quien corregía sus escritos y su mala ortografía. Era yo quien pasaba gran parte de mi tiempo dedicada a sus labores mientras ella se divertía con sus múltiples admiradores y compañeras de clase. Y para colmo, era yo quien tenía que justificarla y defenderla constantemente frente a su madre, otra mujer dominante que no vivía más que a través de su hija.

Fue así como, luego de su traición en un momento tan crucial en mi vida, decidí dar por fin terminada otra relación de abusos en mi vida...

 

- ¿Y tu familia? ¿Cómo reaccionaron ellos ante todo esto?

- Me apoyaron bastante. Aunque sí me recordaron sus advertencias antes del matrimonio, pero sobre todo mi madre, que de haber sido toda su vida muy poco demostrativa en su afecto hacia mí, al parecer esta vez se sintió tocada. Me imagino porque vio en mi experiencia reflejada la suya propia con mi padre, y hasta llegó a decirme un día que admiraba mi valentía de haber sabido decir “basta”. En el fondo, al verme cada día mejor, aunque deprimida, se preguntaba qué le habría deparado el destino si ella hubiera optado por algo similar. Mi padre, en cambio, aunque odiaba a Claudio con toda su alma, no pudo menos que sentirse tácitamente criticado, y el temor inconsciente de perder a su familia por actitudes similares a las de Claudio salió a la superficie. Mi acción, en efecto, hizo interrogarse a toda la familia. Y yo me sentía orgullosa a mi vez de haber podido demostrarles con hechos lo que siempre afirmé: que jamás me dejaría denigrar de esa manera por mucho tiempo, que sería capaz de salir de una situación así por mis propios medios.

- Y tenías razón. Requiere mucho coraje hacer lo que tú hiciste.

- Aunque pagué un precio muy caro. Como decía, mi familia comenzó a interrogarse muchas cosas, sobre todo cuando expuse que una de mis razones para haber dado fin a mi matrimonio es que no quería exponer a mis hijos a una situación de ese tipo, porque ya había pasado por eso con mis padres y no era agradable. Mi padre, obviamente, se sintió ofendido, como se siente cada vez que uno le menciona el tema de sus reacciones violentas, pero tuve que convencerlo que pese a todo él había demostrado que una persona podía cambiar y al menos no era un flojo como mi marido, al menos no tenía esa relación insana con su madre.

- Bueno, insana también, aunque de otra forma.

- Claro, quiero decir, sin esa dependencia enfermiza...

- ¿Tu padre ya no golpeaba a su mujer?

- Hacía mucho tiempo había dejado de hacerlo, sobre todo desde que mis hermanos, ya grandes, comenzaron a enfrentarlo físicamente en caso de. Y ya no tenía tanta necesidad tampoco, porque nosotros nos dábamos cuenta un poco de la dinámica entre ellos y cómo muchas veces él sólo reaccionaba a las provocaciones de mi madre... Así que interveníamos en sus disputas como moderadores...

- Tú también hacías eso con Claudio.

- Algo de eso, sí... Pero con Claudio el problema es que no había forma de hablarle si no era gritando. Nunca quería escuchar si no estaba de acuerdo con algo, era muy terco. Y él comenzaba las provocaciones también, sobre todo cuando me criticaba a mí o a mi familia.

- De todas maneras tomaste una buena decisión. Eso indica que nuestro trabajo ha comenzado a rendir frutos. Estás haciendo algo distinto de lo que solías hacer, estás rompiendo con tus antiguos patrones de conducta.

- Pero tengo miedo...

- Todo cambio es atemorizante..., pero necesario. Si no, nos pasamos la vida repitiendo las mismas conductas y los mismos dolores. ¡Ánimo, a comenzar otra etapa!

Por arielnazer.over-blog.es
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Sunday 17 july 2011 7 17 /07 /Jul /2011 10:41

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Gerardo era dos años menor que yo, y en un principio hubo una atracción entre los dos. Luego yo me entusiasmé, pero a él ya se le había pasado. En ese período yo buscaba una especie de salvador que me liberara de mi adicción a Claudio...

 

- ¿Por qué?

- Porque yo sentía que nuestra relación no era sana... Él me adoraba, eso es cierto, pero cuando estaba conmigo me trataba mal. Tenía un genio horrible, y se enojaba por cualquier cosa. Y aparte estaban las eternas dudas de si me era fiel o no. De hecho, si yo iba a verlo a Santiago, el ambiente de tensión me abrumaba, y generalmente teníamos unas discusiones enormes en las que se metía su mamá, y por lo general yo me devolvía a Valparaíso con el corazón roto, y de ahí no nos veíamos por un buen tiempo hasta que él me buscaba, porque como le dije, yo ya no movía un dedo.

- Entonces sí eras capaz de dejarlo...

- Sí, pero el problema era decirle que no cuando me buscara de nuevo, porque siempre lo hacía. Y por eso salía y pinchaba con otros tipos, para que alguien más me empezara a gustar y así no me costara decir que no. Es que también sentía que llevábamos tanto tiempo juntos, que debíamos estar juntos hasta el final, para por fin tener ese hijo que no nació... No podía ser que tantos años no hubieran servido para nada. Y yo quería casarme, y él quería que yo fuera su esposa...

 

El asunto es que me obsesioné con Gerardo, y me pasó algo parecido a la historia Pipe-Claudio. Aunque al final Gerardo nunca me pescó, pero nos hicimos bastante amigos, o al menos así lo quise creer. Y él me dio muy buenos consejos con respecto a Claudio. Me hizo ver que la situación para mí era de vida o muerte, porque en realidad Claudio me estaba matando de a poco, con sus eternas críticas y mal humor, y que si yo quería salvarme, tenía que dejarlo para siempre.

 

Me acuerdo que también en esa época me reencontré con Rick, que ya encontraba comprometido para casarse con su eterna novia, y a punto de terminar la carrera. Lo fui a ver a su casa, y no sé cómo, al encontrarnos solos nos besamos y se dio una química sexual grado dos, como diría el Rumpi... Pero al rato llegó gente, así que decidimos juntarnos en otra ocasión para probar lo que pasaba con esa química. Y así lo hicimos, aunque yo creo que el planear la cosa no nos ayudó mucho. Yo me sentí sucia, como si hiciera el amor con mi hermano, y no disfruté nada; y él, bueno, no duró más de tres minutos... De los nervios ante una situación tan extraña entre los dos, creo... En conclusión, ambos nos sentimos tan extraños con la experiencia que, aunque nos volvimos a topar en la calle una vez más y él me reconoció que algo más serio pudo haber pasado entre nosotros si yo no hubiera estado con Claudio ni él con Natalia, esa sensación de incomodidad no nos permitió vernos hasta hace poco.

 

Como le contaba, en mi obsesión por dejar de querer a Claudio y descubrir cosas, me dejé llevar hacia muchas experiencias con otros hombres, aún estando con Claudio. Y con mi amiga Patty (a quien conocí trabajando en ventas) aprendí que un carrete puede tener mucho de sexo... Aprendí lo que son los carretes de grande, aunque no crea, fueron pocas mis experiencias sexuales, pero sí vi muchas cosas... Y comencé mi colección de amantes, que anotaba en una libretita rosada con la fecha, grado de relación y circustancias del encuentro.

 

Con Gerardo también aprendí algo más acerca de Abraxas y el gnosticismo. A él también le había llamado mucho la atención el libro de Hesse, y sabía algunas otras cosas que yo ignoraba. Además, compartíamos un gusto por la música similar, y una afición por el manga, como Robotech. Era en el fondo una especie de amistad niño-adulta, aunque muy interesante. Pero como le dije, me obsesioné con él, y mientras más interesada me mostraba, él menos me pescaba, hasta que un día en que me declaré me contestó con la mayor indiferencia que, aunque pasaran diez años, él no sentiría lo mismo, que no cambiaría de opinión, que aunque yo le atraje alguna vez, el momento ya había pasado... ¿Se acuerda que le hablé de eso? Bueno, de todas maneras Gerardo me ayudó mucho, aunque no se haya dado cuenta.

 

- ¿Cómo terminaste definitivamente con Claudio?

- Era algo que se veía venir. Come le dije, terminábamos y volvíamos a cada rato. Claudio tenía un pésimo humor y poca paciencia que yo atribuía más que nada a la presión de los estudios, y solía hacer comentarios bastante vejantes con respecto a mi físico u ocupaciones –aunque quizá en esa época yo era demasiado susceptible también-, por lo que solíamos enfrascarnos en disputas acaloradas en cualquier lugar. Y yo, claro, sacaba a relucir cada vez el problema del aborto y mis dudas con respecto a su fidelidad. Aparte, Claudio me hería en otros miles de pequeños detalles, como cuando olvidaba alguna de nuestras citas y me dejaba plantada por horas sin dar muestras de vida, como aquella vez para mi cumpleaños. Y todas estas cosas me producían un constante resentimiento y duda, lo que explica porqué cada vez que estábamos juntos yo lo celaba por todas esas niñas que andaban tras suyo y que él parecía tratar con mucha más cortesía que a mí... Había una en particular que parecía más porfiada, la que lo fue a ver a Santiago. Con ella Claudio hacía prácticamente todos los trabajos de la U, porque la chica era medio mateíta, y sus papás le ayudaban en todo, y creo que hasta computador tenía.

 

La cosa es que a mí me daba mala espina, y no era muy agradable saber que pasaba metida en la pensión con Claudio, y cuando él me dejaba plantada yo sospechaba que había algo más, pero no tenía pruebas. Mariela los había visto juntos en algo raro, pero cuando Claudio la enfrentó delante mío para que repitiera en su cara lo que a mí me había dicho, Mariela se achunchó entera y lo negó. Dijo que yo había malentendido todo. Esta amiga mía... Bueno, más adelante me hizo otras muchas...

Hasta que un día ya no aguanté más y fui a la casa de la chica, que me contó cómo una noche en que hubo una fiesta de la facultad, Claudio, haciéndose el borracho le pidió que lo acompañara a buscar pieza en un motel, y luego la convenció para pasar la noche con él. También dijo que ya adentro Claudio había tratado de seducirla, y aunque se besaron, no llegaron al acto porque según ella, quería llegar virgen al matrimonio. Yo esta historia ya la conocía en parte, pero no tenía idea que se habían quedado juntos, ni de que Claudio quería tener sexo con ella. Resultado, y ante la negativa de Claudio, lo convencí de ir juntos a la casa de ella y confrontarla. Al llegar, Claudio la insultó de mil maneras, tratando de quedar bien conmigo. Yo le pedí a la chica que repitiera lo que me había contado, pero Claudio seguía negándolo todo. Entonces se me ocurrió preguntarle por el nombre del motel, que resultó ser el mismo en el que Claudio y yo solíamos quedarnos. Claudio se quedó sin habla, y yo lo dejé hecha una furia y en completo estado de shock.

Aún así, no terminamos inmediatamente, pero ya no me quedaban dudas, así que, aunque seguimos y yo aparenté que las cosas estaban cada día mejor entre nosotros, por dentro buscaba la ocasión de dejarlo y enseñarle una lección a la vez. Y esa ocasión se presentó cuando conocí a Edgardo, en uno de esos tantos carretes de fin de semana con Mariela. Edgardo estudiaba en la Universidad Santa María, tenía unos hermosos ojos azules y desde el primer momento se mostró bastante entusiasmado conmigo, así que decidí que él sería el perfecto reemplazante para Claudio, pero aún no me había decidido. El empujón me lo dio una prima suya, un viernes en que lo llamé a Santiago. No sé por qué, ni me acuerdo bien en detalle, pero esta chica fue muy hiriente conmigo, aún sabiendo que Claudio y yo estábamos juntos, y me confirmó todo el asunto de su compañera cuando lo fue a ver a Santiago.

Ese fin de semana llamé a Edgardo y planeamos la gran revancha. Y cuando llegó el lunes partí a la U a ver a Claudio. Lo encontré sentado en una de las escalas, conversando con un grupo de compañeros. Se alegró mucho al verme, porque se había enterado de la metida de pata de su prima, de seguro, y trató de llevarme a un lado, pero yo me quedé ahí mismo, de pie frente a sus amigos, y le dije en voz alta, para que todos escucharan:

 

- “¿Recuerdas cuando me dijiste que conmigo habías aprendido muchas cosas? Bueno, ahora te voy a enseñar una más…” Y diciendo esto llamé a Edgardo, que se había quedado esperando justo abajo, lo besé en la boca frente a todos y le dije:

- “Te presento a mi nuevo novio.”

Curiosamente Claudio no reaccionó con violencia, e incluso le dio la mano a Edgardo, pero se le notaba sorprendido. Luego yo me acerqué a él y para rematarlo, dije:

 

- “De maricón a maricón y medio.”

Le tomé la mano a Edgardo y nos fuimos, riendo.

 

- ¿Te sentiste mejor después de eso?

- Al principio sentí que era justo, pero después me sentí muy mal. Me imaginaba cómo Claudio debía estar sufriendo, tal como yo había sufrido por él, y me daba pena. Y me daba miedo también que se me fuera a dar vuelta la mano…

- La venganza no es tan dulce…

- No.

- ¿Te volvió a buscar después de eso?

- No. De hecho, yo empecé a llamarlo después de algunos meses, y la verdad es que no se mostró para nada rencoroso por lo que yo le había hecho, al contrario, nos hicimos amigos por un buen tiempo, algo así como unos tres años.

- ¿Qué pasó después contigo?

  • Seguí saliendo con Edgardo, e incluso lo fui a visitar al campo cuando las vacaciones de verano llegaron. Estuve allá unas dos semanas, y me dio mucha pena volver a Valparaíso, pero tenía que hacerlo. Tenía que encontrar trabajo para pagar mi matrícula académica, ya que el próximo año retomaba Periodismo.

Encontré trabajo casi de inmediato, en un restaurante porteño. Algo chico, pero con buen horario, sólo de día, y el fin de semana libre, así que podía disfrutar de mis vacaciones también. Pero a la semana se unió a nosotros Fernando, y me entraron las dudas. Me llamó la atención de inmediato, porque es muy buen mozo, y sí, se puede decir que fue como amor a primera vista, pero yo no quería que pasara nada, aunque él empezó la conquista desde el primer momento, porque también se flechó conmigo. Yo quería seguir con Edgardo, pero él estaba en el sur con su familia y no se sabía cuándo podía venir a visitarme.

 

- Siempre te involucras con parejas que viven lejos.

- Bueno, en Valparaíso, si eres estudiante, la mayor parte de tus compañeros van a venir de afuera, aunque es cierto que me llamaban más la atención cuando decían que eran de otro lado.

- Esa es una forma de protección.

- A veces pienso que sí, como que mantengo mi espacio y mi libertad, y me ahoga un poco tener a mi pareja todo el tiempo conmigo, aunque yo misma me reconozco que soy súper asfixiante con mis novios… Y por otro lado, ser de otro lado les da como otro status, como algo más interesante y original, y de mejor clase quizás, y también como la esperanza de salir de mi casa e irme muy lejos, que seguía siendo prioridad para mí.

- Pero al final Fernando te convenció de salir con él.

- Sí, aunque yo me resistí bastante. Pero al ver que había otra compañera que se interesaba por él decidí que nadie me lo iba a quitar.

- Siempre te decides cuando alguien más muestra interés…

- Sí, soy como el perro del hortelano. Es como si yo no fuera capaz de ver las cualidades de alguien hasta cuando alguien más se mete y me obliga a analizar con más cuidado porqué. Pero Fernando, a la vez que me atraía fuertemente, me repelía también con igual intensidad.

- ¿Por qué?

- No sé. Hasta hoy no entiendo muy bien porqué. Al principio pensé que era su forma de vestir, porque tenía un gusto pésimo, y a pesar de ser un hombre muy culto y buen mozo, se veía ordinario. Pero a veces pienso que es miedo. Es un hombre muy intenso, y anda metido en asuntos que me parecieron por un tiempo medio satánicos.

- ¿Cómo así?

- Fernando me llamo la atención, aparte de su físico, porque también sabía de todo este asunto de Abraxas y los gnósticos, y me empezó a enseñar sobre eso. Incluso me llevó a un lugar llamado “La Nueva Acrópolis” donde, entre otras cosas, impartían clases de filosofía tipo New Age, algo en lo que yo me encontraba muy interesada, bueno, todavía. Y no sé si fue porque se mezcló el asunto de los celos, porque esta otra chica del restaurant también empezó a ir, o si porque al pasar el tiempo lo fui pillando en más y más mentiras… Pero lo que más me convenció fue cuando me trató de convencer de que él y yo seríamos los padres de un nuevo Mesías… Y yo le creí por un tiempo.

- ¿Cómo le creíste?

- No sé, es muy convincente, y me empezó a apuntar a tantas coincidencias entre nosotros… Como nuestros segundos nombres: José y María. Y las catalogaba después como señales… Pero al poco tiempo yo me empecé a cuestionar todo, sobre todo cuando él empezó con sus llegadas tarde, o dejándome plantada, y enojándose conmigo porque a mí esas actitudes me hacían daño, y así se lo decía. Me decía que si íbamos a llevar a cabo una misión tan importante yo debía confiar en él, porque luego él, como guerrero (su signo es Aries), debería protegerme cuando empezara la segunda matanza de Herodes, que trataría de aniquilar a nuestro hijo, y tonteras por el estilo… Y lo más estùpido de todo es que yo le creía.

- Necesitabas creer que eras especial e importante. No deberías culparte por eso. Lo bueno es que te diste cuenta.

- Me convencí de que todo eran mentiras porque me acordé de lo que Jesús afirmaba en el Nuevo Testamento, eso de “por sus obras les conoceréis”, y empecé a pensar que él le daba mucho énfasis al sexo, y se empeñaba en que yo le diera sexo oral y tragara cada vez. A mí eso me da asco, así que sólo conseguí hacerlo en un par de ocasiones, y según él debían ser tres para estar lista, pero no llegó esa tercera vez. Y en una de esas veces me avergüenza decir que al día siguiente, sin confesarme ni nada, comulgué en la Misa de la Resurrección. Aunque ahora no me avergüenza mucho, lo reconozco, porque no creo en los ritos, no creo en la forma sino en el fondo, y ya no me considero católica hace rato. Pero para que UD vea lo loco que Fernando debe haber estado por esos días, y debe haber estado metido en algo raro y satánico si me inducía a hacer estas cosas contrarias a la Iglesia católica…

- ¿Averiguaste algo sobre los gnósticos después?

- Bastante, como el hecho que ellos no creen en la procreación, porque consideran que el que nosotros llamamos Dios no es más que un Demiurgo que desea mantener a los seres humanos prisioneros en este mundo imperfecto, y por eso hay que llegar a la extinción de la raza para no darle el gusto, o algo así. Y por eso también ellos practican mucho el sexo oral, y se tragan el semen como una especie de rito sagrado…

- ¿Pero él te obligaba a hacer estas cosas?

- No, me convencía. Y me enseñó incluso una oración extraña que empezaba con una exhortación al Dios Júpiter, y algo con tebigosilim, pero no me acuerdo más.

- ¿Y cómo terminaste con él?

- Ya le dije que había otra chica que andaba detrás de él y yo tenía dudas de si pasaba algo entre ellos o no. Incluso para el Festival de Viña, donde nos habían mandado a los tres a trabajar a través del restaurant en una especie de Concesión de los dueños, quedó la escoba porque esta chica me dijo que se habían besado y que él la quería a ella y no a mí. Al final, historia similar a mi historia con Claudio… Él me decía que no era cierto, pero ante ella no decía nada, y ella tampoco se atrevía a repetir lo que me había contado ante él… Yo creo que porque él también la tenía hechizada a ella. Quizás si le contó el mismo cuento que a mí…

 

No puedo negar, sí, que durante el tiempo que estuvimos juntos mi vida se llenó de magia y cobró una dimensión distinta…

 

Aunque era yo quien había decidido dar por término la relación seguí intentando un acercamiento por un par de meses, ya que no me resignaba a creer que todo lo que él me había dicho eran mentiras. Necesitaba tanto sentirme especial y vivir en ese mundo de cosas ocultas y misterios susurrados que volver a caminar sobre la realidad cotidiana, con sus miserias y preocupaciones ordinarios me hicieron caer en otra de mis etapas depresivas. Pero Fernando no desapareció del todo. Él también intentó comunicarse conmigo, aunque nunca de forma abierta. Se me aparecía en sueños donde me confirmaba que él sí podía llorar (ya que yo siempre aduje mi incapacidad para el llanto), o me enviaba mensajes a través de conocidos, pero sin dar la cara. Un día, incluso, fue a buscarme a casa de Mariela cuando yo me encontraba en la Catedral participando del coro, pero antes de irse le preguntó cómo andaba su madre del vientre, con una mirada significativa. La madre de mi amiga gozaba a la sazón de una excelente salud a pesar de su gordura descomunal, pero no tardó en caer gravemente enferma de cáncer intestinal al mes siguiente. También en mi casa recibían a veces la llamada de un hombre al parecer muy educado y de voz grave y melodiosa que pedía hablar constantemente conmigo, sin dejar recado más que asegurarle a mi madre lo perdida que estaba su hija. No hace falta decir que luego de estos episodios todo el mundo me prohibió tener ningún tipo de relación con el susodicho.

Yo misma tenía miedo, lo que me facilitó acatar la decisión común, pero aún así, necesitada del mundo sobrenatural como de una droga comencé a asistir a algunas clases de esoterismo, al principio acompañada de Mariela. Pero ésta se negó a continuar luego de una experiencia un tanto bizarra. Era un día lunes al anochecer. Nos encontrábamos los pocos alumnos y el profesor instalados en la sala de clases, cuando escuchamos la puerta de calle abrirse. Nos miramos extrañados, ya que aparte de nosotros no quedaba nadie más en el edificio, ni había otra persona que poseyera la llave de entrada aparte del maestro. Aún así esperamos por algunos minutos que alguien asomara la cabeza, e incluso oímos los pasos sobre las escaleras que conducían a nuestro piso, pero nada. El profesor se levantó y al poco tiempo le seguimos nosotros, pero por mucho que buscamos no vimos a nadie. Y el hombre, con expresión preocupada, sentenció: “alguien en esta clase está siendo vigilado”. Con Mariela sólo nos miramos, y al terminar la clase mi amiga me anunció con ceremonia que no quería tener nada más que ver con esta clase de asuntos. No tuve más opción que respetar su decisión...

Al poco tiempo yo misma dejé de ir a mis cursos esotéricos, pero no por miedo, sino por falta de tiempo. De hecho acababa de reincorporarme a Periodismo, a la vez que mantenía mi trabajo con los niños. Pero estudiar en Chile cuesta caro, por lo que comencé a buscar trabajos extras para el fin de semana, hasta encontrar como cajera en una famosa discoteca porteña. No me daba mucho, pero al menos tenía para mis gastos más inmediatos, y me hacía sentir bien demostrar a mis padres que era capaz de salir adelante sin su ayuda económica.

También había conocido a otro chico, estudiante de periodismo como yo, un jovencito extremadamente delgado y de bellos ojos, con unos dóciles cabellos largos y barba que le habían ganado el mote de “Jesús” en la escuela. Fue perfecto, porque vino a calzar en la etapa espiritual que yo no había abandonado después de Fernando. Había vuelto a mis antiguas creencias católicas como resultado del miedo y convencida que esta historia de Abraxas no era que otro cuento diabólico con el que Satán me había querido embaucar. No me perdía una misa los domingos, en las que participaba como voz principal del Coro, y Axel (el chico) parecía estar muy al tanto de las señales de la nueva era y era un cristiano ferviente. Creí que quizás yo sí debía traer al mundo a un hijo especial, pero no con Fernando, sino con Axel, y me metí de cabeza a hacer todo porque nuestra relación marchara bien y de acorde a las reglas desde un principio. Incluso abandoné el trabajo en la Disco porque había mucho de drogas y de “perdición” en ese mundo, pero encontré muy pronto, como regalo divino, otro como barwoman en La Roca Feliz, un pub que recién comenzaba en el Puerto y que llegaría a convertirse en ícono de la ciudad y a triplicar su capacidad y ganancias.

Sin embargo y pese a mis buenas intenciones, Axel no pudo menos que comenzar a dudar de mí cuando comenzaron a suceder algunos hechos extraños que nos hacían creer que Fernando no se daba por vencido. Como cada vez que él regresaba a casa solía ver la silueta alta y ágil de un hombre que lo seguía agazapándose en cada rincón, y tuvo algunos sueños angustiosos en los que el mismo individuo le exhortaba a renunciar a mí. Por lo mismo Axel intentó no ir más lejos en nuestra relación en un principio: tenía miedo. Pero lo convencí que, como creyentes ambos, no había nada que pudiera hacernos daño y el único poder que Fernando tenía era el de la sugestión. Era simple: bastaba con no preocuparse por él y terminaría por dejarnos tranquilos.

 

Por esos días la idea de irme de mi casa no me abandonaba y cobraba nuevos bríos. En esto Axel me apoyaba con ímpetu, ya que también quería él abandonar la suya para liberarse de ese padrastro que lo hacía sentir como hijo de segunda clase.

En efecto, la madre de Axel habría cometido el error de dejarse enamorar por un joven doctor de Las Condes, que al enterarse de su embarazo se había negado a dar nada más que su apellido al niño. Para aclarar un poco las cosas, su madre era una mujer arribista con pinta de vikinga, como esas valkirias suecas, rubia y de ojos verdes deslumbrantes, pero sin ningún sentido de la realidad. Creyó inocentemente poder atrapar a ese joven de buena sociedad sólo por medio de su figura, y al fin se encontró con un hijo a quien criar sin estar segura siquiera si poseía algún instinto maternal. Buscó trabajo por meses, hasta que finalmente encontró como estilista en un Instituto de Belleza con tan buenos resultados que en pocos años llegó a convertirse en la responsable del lugar. Pero no cesó en su mala costumbre de perseguir hombres de buena posición que pudieran asegurarle un bienestar económico sin tener que trabajar, y es así como sus subalternos vieron desfilar una larga serie de pretendientes que pasaban a buscarla en autos flamantes, sin dejar más huella que la de los neumáticos en el asfalto.

Sin embargo, tanto empeño dio fruto, porque por fin encontró a un hombre ya maduro, con un divorcio a cuestas y dispuesto a dejarse atrapar de nuevo, a quien, empero, ocultó su condición de madre soltera hasta cuando él se decidió a pedirle matrimonio. Fue así como las cosas no pudieron marchar bien desde un principio entre Axel y su padrastro, y siguieron deteriorándose con el tiempo, cuando lo dejaban completamente solo en la casa siendo todavía niño para salir a cenar y disfrutar de su vida en pareja. Axel fue desarrollando una ira enorme y explícita contra el hombre que le robaba el gran amor de su vida, y otra más oculta pero más salvaje contra la mujer que lo abandonaba, un sentimiento que con los años se extendería al género femenino en general y provocaría al final unos celos patológicos que sufrí en carne propia, y que, curiosamente, me ayudaron a comprender los míos y a tratar de controlarlos.

Pero aun cuando intenté demostrar a Axel que yo era diferente, él tenía un problema profundo que nadie, ni él mismo, podrían solucionar, a no ser con la ayuda de un especialista, como le aconsejé tantas veces. Sin embargo, Axel nunca fue capaz de abrir los ojos y enfrentar cara a cara sus demonios, y menos aún de admitir que estaba enfermo y que necesitaba terapia. Para él, la base de sus problemas era yo, una coqueta inmoral que le ponía el gorro apenas él volteaba la cara.

Su enfermedad llegaba tan lejos que cada vez que veíamos mi nombre escrito en alguna esquina, él pensaba que lo había escrito uno de mis amantes, o si yo llegaba atrasada a clases y algún otro entraba justo después que yo, pensaba que habíamos estado juntos y haciendo el amor...

Un día, incluso, me obligó a ir a una dirección desconocida escrita en la contratapa de un libro que yo le había prestado, pues estaba convencido que yo había anotado allí la dirección de mi amante. Me hizo golpear la puerta y salió a recibirnos una mujer de unos cuarenta años, quien escuchó la historia incrédula, y luego de ver mi cara llorosa me recriminó con razón si cómo podía yo seguir castigándome así al continuar en una relación malsana con un hombre que obviamente no me respetaba. Axel me sacó a rastras y por poco me dejó caer por las escaleras, pero reaccionó en el último instante y sólo me propinó una patada feroz.

Me tomó mucho tiempo dejarlo, y de hecho fue él quien terminó conmigo al principio, ya que al parecer sus sentimientos hacia mí se habían enfriado con tanta duda. Me sentí devastada y humillada, ya que a todas sus acusaciones de infidelidad se sumó la de haber robado el grabador de su padre y la insinuación que su madre me despreciaba. Intenté convencerlo de cambiar de opinión, pero al final me resigné y comencé a hacerme la idea de seguir sin él, ante la incapacidad de probarle que decía la verdad, que era una buena mujer y no una bruja cuya meta era seducirlo para enviarlo derecho al infierno, como él parecía creer (aparte de todos sus problemas, estaba metido hasta el fondo en una secta cristiana ultra conservadora que veía demonios por todos lados)

Comencé entonces otra etapa de soledad, y abandoné nuevamente mis estudios para no tener que verlo todos los días, tal como había hecho con Claudio, para dedicarme exclusivamente al trabajo y a los carretes con amigos. Y como era de esperar, luego de tantos llantos y esperas, comencé a desenamorarme. Y como sucediera antes con Pipe y Claudio, puse mis ojos en otros chicos, sobre todo en un colega que las hacía de Disk Jockey en La Roca. Y estaba ya tan metida en mi nueva historia que apenas me di cuenta cuando Axel me llamó para pedirme una cita.

Yo creo que más por costumbre que otra cosa acepté. Y volvimos a estar juntos, pero esta vez sin convicción, porque al poco tiempo era yo quien lo dejaba sin señales de piedad o remordimiento.

A partir de ese momento me dediqué absolutamente a mí misma. Me interesé en reanudar mis estudios, pero esta vez no ya en Periodismo, sino en Hotelería, en vista de mi experiencia trabajando en restaurantes y bares, y el placer que me provocaba el rubro. Y al año siguiente me matriculé en un Instituto viñamarino que impartía la carrera, con muchos bríos y segura de esta vez poder alcanzar la meta y obtener un diploma, siempre que no me involucrara con alguien de mi misma clase, como antes. Pero la juventud de mis compañeros me ayudó, todos al menos seis o siete años menores que yo.

Al mismo tiempo mantuve el trabajo en La Roca, que me ayudaba a pagar las mensualidades y me habría permitido independizarme, pero las cosas en casa marchaban mucho mejor desde que fueron capaces de dejarme tranquila. Y esto sólo porque vieron que era capaz de pagar mis estudios con mi trabajo sin darles problemas, a la vez que me mantenía en el primer lugar de la clase casi sin esfuerzos y trabajaba con mi hermano, lo que les hacía sentir mucho más seguros. Ya no volvía sola a casa a altas horas de la madrugada, y en vista que al parecer había renunciado a relaciones de pareja complicadas para dar paso a otras más superficiales que apenas duraban un mes, se atrevieron ¡por fin! a darme un respiro. Era curioso, ya que mis parejas de ese entonces, de encontrarse muy entusiasmados al principio, cambiaban de idea de un día para otro, tanto que llegué a pensar que Fernando me había lanzado una maldición para hacerme fracasar en el asunto amor, como nos había afirmado una tarotista a Mariela y a mí. No le habría creído si no fuera porque me describió físicamente a Fernando, y luego, al llegar Mariela a la nueva casa que se encontraban arrendando sus padres, un hombre la telefoneó para advertirle que tuviéramos cuidado, que con él no se jugaba... De todas maneras cuando mis amantes potenciales me dejaban yo me las tragaba, habiendo ya aprendido cómo no rogar ni rebajar mi orgullo, sabiendo también que no sería el último y más dedicada en realidad a mí misma que a quienes me rodeaban. Y por supuesto salía, salía mucho, todos los fines de semana después del trabajo, con colegas o compañeros de curso, con pretendientes o amigas, o bien sola, ya que a cada disco o bar que iba había uno o dos con los que yo había trabajado o estudiado, y siempre me ofrecían tragos gratis y conversación amena. Cada semana tenía alguna cita, y resultaba casi cómico ver cómo incluso mi madre me incentivaba en estos menesteres, preocupada tal vez de los años que comenzaban a venírseme encima con mi soltería a cuestas.

También, y a pesar de mis muchas ocupaciones –llegué a mantener tres empleos de medio tiempo mientras estudiaba- ayudaba a Mariela a terminar su carrera. Mi amiga es una chica muy inteligente, pero no escogió el oficio más apto para sus capacidades. Tiene una pésima ortografía y apenas puede hilar dos frases, y sin embargo escogió dedicarse a la enseñanza del castellano como única manera de sacar un título universitario, ya que su puntaje en la Prueba de Aptitud no le dio para más... Así que cada vez que tenía que llevar a cabo un trabajo de redacción o tenía problemas para comprender las sutilezas gramaticales del idioma, allí estaba yo, aunque eso me significara aún menos tiempo para dedicarlo a mí misma. Sabía que en el fondo ella abusaba un poco, pero la dejaba hacer en favor de nuestra amistad. Necesitaba mucho de ella, y tal como no sabía decir que no a mis novios, tampoco podía con ella. Y además lo pasábamos tan bien juntas... Sabía que podía contar con su amistad, y me encontraba un poco presa también en las redes de su madre, quien me usaba como espía para averiguar en qué pasos andaba su hija. Por supuesto, jamás delaté a mi amiga, aunque tuve grandes dificultades en dejar a ambos lados contentos ocultando hechos y tergiversando confesiones...

 

Fue en esta época que comencé a no sentir... Pero a pesar de mi gran vacío sentimental sentía que hacía algo con mi vida, todo el tiempo ocupada con desafíos en mis estudios y conociendo gente interesante en el bar, aprendiendo nuevos trucos de coctelería y comprando poco a poco el menaje con el que comenzaría mi vida independiente tan pronto como pudiera. Me sentía orgullosa de mí misma, pero presionada todo el tiempo para ser la mejor en el trabajo y en los estudios, y preocupada de ver pasar los años sin encontrar pareja estable, aunque en el fondo la situación me resultaba cómoda, ya que por fin empleaba mi dinero sólo en mí y no en parejas que me hacían daño.

 

- ¿Cómo así?

- Con Claudio o Axel por lo general era yo quien pagaba los gastos de salidas, sea a moteles o restaurantes, y muchas veces los ayudé cuando tenían algún apuro económico. No me gustaba hacerlo, pero de alguna forma me ayudaba a manipularlos cuando las cosas no iban bien. Por ejemplo, si teníamos una discusión que amenazaba con ruptura, solía sobornarlos con una invitación a comer para “calmar las cosas y hablar del asunto”, o si ellos habían terminado conmigo, me ofrecía a pagar el motel como forma de seducción.

- ¿Y qué pasó con tus creencias religiosas en ese entonces?

- Luego de Axel me sentí nuevamente traicionada, como me había sentido en el tiempo de mi aborto, y a pesar de mi retorno a la vida cristiana por algunos meses decidí que había algo en esa religión que no me satisfacía. Era como si se me obligara constantemente a cerrar los ojos y aceptar todo lo que se me decía, aunque no tuviera ninguna lógica. Comencé a pensar que el cristianismo estaba hecho más que nada para mentes estrechas e inteligencias mediocres, y que los ritos que plagaban sus ceremonias no tenían razón de ser. Y no fue sólo con la religión católica, sino toda religión cristiana que pude experimentar.

- ¿Cómo llegaste a esa conclusión?

- Cada vez que el tiempo me lo permitía me dedicaba a visitar iglesias de diversos credos, en una constante búsqueda por ese algo divino que iluminara mi vida, pero siempre llegaba a la conclusión que eran todas en el fondo lo mismo. Y odiaba cómo me sentía culpable cada vez que asistía a sus reuniones, cómo me obligaban a reprimir mis instintos básicos y me planteaban obstáculos incluso en el trabajo, una labor seguramente inventada por Satanás para seducir a las gentes con el demonio del alcohol –hay una serpiente al fondo de cada botella de licor...-, así que me instaban a renunciar y buscar otra cosa. Pero ya me había costado tanto estabilizarme en un trabajo que me permitiera estudiar a la vez..., no podía, aunque les encontraba la razón a veces cuando veía a un cliente demasiado borracho agarrarse a golpes con el portero, o cuando encontraba una pareja manoseándose en los baños, mientras el novio o la novia esperaban inocentemente junto al bar...

- Mmm... El alcohol desinhibe, es cierto, pero no es la causa de todos esos “pecados”.

- Sí, eso mismo me decía yo a veces, y por eso decidí continuar trabajando en el pub y renunciar a mi búsqueda espiritual por un tiempo. Lo curioso es que ella vino a mí.

- ¿Cómo?

- A través de sueños, películas que veía, libros, conversaciones con gente interesante que me daban una pista y me ayudaban a construir –o reconstruir- mis altares caídos, mis dioses muertos, pero resucitados y con nuevos rostros. Para mí Jesús seguía siendo mi guía personal, pero no era el único. Y mi Dios comenzó a llamarse de distintas formas, o, mejor dicho, su nombre no tenía importancia. Era el Abraxas de antaño o el buen Yavé del Nuevo Testamento, un ser todo sapiente que estaba más allá de las mezquinas definiciones del bien o el mal, y en cuya doctrina todo tenía su razón de ser. No había más pecado que el no escuchar esa voz interior o instinto que señalaba cuando algo debía hacerse o no. No había más pecado que seguir a Dios con ritos mecánicos en una religión muerta. No había más pecado que renegar de la naturaleza con sus instintos básicos y necesarios... No había más pecado que cegarse sin cuestionar, porque el Dios que yo adoraba era el conocimiento supremo, la lógica absoluta, la gran inteligencia. Volví a la senda de los gnósticos, pero esta vez sola, sin un guía sosteniéndome, como debía ser.

Por arielnazer.over-blog.es
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Saturday 16 july 2011 6 16 /07 /Jul /2011 13:03

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- ¿Te has sentido mejor últimamente?

- La verdad no. Todavía sigo con el mismo sentimiento de... no sé. Algo me falta. Me siento vacía. Como si alguien hubiera puesto anestesia en mi corazón y de repente, aunque esté empezando a sentir algo, todo se detiene y ya no hay nada... Es como una barrera, ¿sabe?

- ¿Y por qué crees que te está pasando esto?

- No sé... O sí... Tal vez... Yo creo que a lo mejor empezó cuando me pasaron todas esas cosas que le decía la otra vez... con Pipe, y después con Claudio... Bueno, para ser sincera, sí creo que sé de donde viene... Es como si yo misma me estuviera protegiendo para no pasar por lo mismo de nuevo... Pero no quiero estar así, tampoco... Quiero sentir de nuevo... Necesito querer a alguien... Y ya no sé como hacerlo. No puedo sentir más allá... Me cuesta expresarme, decir lo que siento, incluso con usted...

- ¿Qué pasó con Claudio?

- Una larga historia... Nos conocimos en Periodismo. Éramos compañeros de clase desde el primer año. Y según lo que él me dijo después, yo le atraje desde el primer momento, como un flechazo. Trató de cortejarme por un tiempo, y aunque yo me daba cuenta no lo tomé muy en serio, porque andaba todavía en la onda Rick... Incluso me escribió unas dedicatorias muy románticas que yo les mostraba a mis compañeras con ese orgullo típico de las niñitas en el colegio...

Empecé a tomarlo más en serio cuando me di cuenta que ya no podía pasar nada más entre Rick y yo, y él ya andaba en otra. Estaba flirteando con otra compañera, y tenía a otras varias rondándolo... Era uno de los más bonitos del curso, así que podía darse el lujo de elegir. Pero yo no me había fijado en eso hasta ese momento. No había notado sus hermosos ojos pardos y su rostro delicado, con una sonrisa seductora y tierna, era realmente delicioso...

Todo empezó el día en que se inauguró la carrera. Tuvimos un cóctel, y los minúsculos canapés nos hicieron sentir tanta hambre que decidimos, entre varios, ir a comer algo a un local que quedaba frente a la U. Unos minutos antes Claudio y yo habíamos estado conversando-coqueteando en la entrada, así que seguimos a los demás, pero conversando aparte, al final del grupo. Y de repente, no sé cómo, nos tomamos de la mano como por accidente y seguimos así hasta que entramos al local. Y todos nos hacían bromas de si estábamos de noviazgo o qué...

Y en el local nos sentamos juntos, conversando siempre, hasta que todos nos despedimos y él me acompañó hasta el paradero donde yo debía tomar la micro... Y cuando me besó para despedirse fue como... un beso ambiguo, que quería ser en la boca pero no fue, en la comisura o algo así, y yo me quedé pensando en ese beso hasta el día siguiente.

Luego todo sucedió más o menos rápido. Al siguiente día me invitó a tomar once a su pensión. Conversamos, nos tomamos unas fotos, hasta que tuve que irme porque ya era tarde, y él se ofreció acompañarme hasta el paradero. Y en el camino se detuvo y me besó. Así empezó todo, más o menos.

Al principio él no quería una relación seria, e incluso me pidió que le diera cuatro meses para pensar y conocernos mejor como amigos. Debí haber aceptado, pero me obsesioné y lo presioné para que siguiera conmigo, tal como lo había hecho con Pipe. Además, yo creo que la obsesión esta vez fue más fuerte porque con él tuve mi primera experiencia sexual real. De hecho, realmente descubrí el sexo con él. Y lo hacíamos prácticamente todos los días y a cada rato. A veces nos íbamos a mitad de una clase a su pensión para hacer el amor. Nos escribíamos mensajes eróticos en los cuadernos, y luego ya no podíamos aguantar más. Incluso inventaba excusas en mi casa para pasar la noche afuera y dormir con él. Llegamos a tener problemas con la dueña de la pensión, una mujer terriblemente moralista, esposa de marino, cómo no, que me consideraba una puta porque yo tenía sexo con mi pareja sin estar casada. Y la verdad es que en ese tiempo eso me dolía, católica como era...

Con Claudio discutíamos todo el tiempo, más que nada por mis celos. Era muy buenmozo, y siempre estaba rodeado de niñas. Y eso me hacía sentir muy insegura de si él me era fiel o no. Además, él había terminado una relación lar <!-- @page { margin: 2cm } P { margin-bottom: 0cm; text-align: justify } P.western { font-family: "Arial", sans-serif; font-size: 14pt } P.cjk { font-size: 14pt } P.ctl { font-family: "Arial", sans-serif } -

ga hacía poco, con una chica de su misma ciudad. Lo único que me relajaba era saber que su madre no toleraba a la ex novia porque la consideraba muy poca cosa para él. Pero, por lo que averigüé después, cada vez que Claudio volvía a su casa en Santiago los fines de semana, se juntaba con ella sin que ni su madre ni yo lo supiéramos. Y esto lo supe por unas cartas que ella le envió a su pensión y que yo descubrí revisando sus cosas... En ellas Isabel (así se llamaba la ex) le recordaba que habían estado juntos hacía poco, en un período en que supuestamente Claudio ya pololeaba conmigo, pero él siempre lo negó.

Me pareció estar de nuevo viviendo la pesadilla Pipe. Pero aún lo peor estaba por llegar, cuando quedé embarazada.

Como le contaba, él era el primero para mí, sin contar los intentos anteriores con Pipe, así que yo era básicamente inexperta. No me cuidaba ni tomaba pastillas. Y cuando se me atrasó el período, algo raro en mí, supe de inmediato lo que pasaba y ni siquiera pude ocultarlo en mi casa, porque mi familia ya estaba acostumbrada al show del primer día de la regla, con mis dolores, vómitos y desmayos, y esta vez nada... Mi mamá lo descubrió enseguida, y por supuesto estaba decepcionada de mí. Incluso me sugirió hacer algo, como tomar unas pastillas o algo así, pero yo no quise. Confiaba en Dios. Tenía la Biblia abierta en mi pieza, y les pedía consejo a Jesús y a la Virgen, que me ayudaran con mi hijo.

Claudio y yo estábamos muy asustados. Mi papá le dio el tremendo discurso cuando fuimos juntos a darles la noticia. Y en ese tiempo las cosas en mi casa estaban tan mal como antes. De hecho, yo creo que por eso me quedaba más tiempo con Claudio que en mi casa. Y bajo la presión de mis padres decidimos casarnos... Vieja historia.

Lo que más me molestaba era la actitud de mis padres, que me trataban, si no con palabras, pero con gestos, como una puta, siendo que ellos se habían casado por el mismo motivo. Pero mi mamá repetía que ellos no habían tenido sexo hasta después de un año o algo así, que ella se había hecho respetar.No sé que tan importante es el tiempo, en realidad... O tener o no tener sexo si es con tu pareja. Mi error fue no cuidarme, lo sé, ¡pero tenía sólo diecisiete años!

Sea como sea, con Claudio decidimos viajar a Santiago juntos. Estábamos en vacaciones de invierno, así que yo podía quedarme con él por al menos tres semanas, y teníamos que hablar con su mamá, que había sugerido cuidar al niño hasta que Claudio y yo termináramos la carrera. Por el momento todo iba bien, y yo besé mi Biblia agradeciendo a Dios por darme una solución en este embrollo.

Para ser honesta, debo reconocer que yo me dejé embarazar porque no quería perder a Claudio cuando las vacaciones llegaran. No fui tan inocente, en realidad...

 

... Llegamos a Santiago en pleno temporal. Su mamá trabajaba durante el día afuera, y no tuve que enfrentarla hasta esa noche, pero todo se dio regularmente bien por lo menos los dos primeros días. Pero al tercero todo cambió. Esta vez ella llegó con otra expresión, y otra cosa en mente. Y no tuvo ningún escrúpulo en anunciar que no estaba dispuesta a sacrificarse por ayudarnos mientras mis padres se quedaban de brazos cruzados. Aparentemente alguien le había metido ideas en la cabeza.

Yo no quería renunciar a mi hijo, y sugerí hacerme cargo, pero ella insistió en que Claudio no podría estudiar tranquilo sabiendo que tenía un hijo de quien preocuparse, y que lo mejor era que yo abortara. En ese tiempo una idea como esa me escandalizaba. No me sentía capaz de cometer un crimen como ese, un terrible pecado a los ojos de Dios, no, no podía ser... Traté de defenderme como pude, pero no hubo caso. Y me sentí muy mal, como nunca antes en mi vida, por todos los insultos que recibía de su madre y de Claudio también. Él me acusaba de ser yo quien lo incitaba a tener sexo, como si sólo yo fuera la culpable de todo lo que estaba pasando. Y esa señora insistía en que si le lanzas comida a los chanchos... Y cosas por el estilo. Y lo divertido de toda esta supuesta moralidad, como en el caso de mi madre, es que la señora ésta era madre soltera, jamás se había casado, y me reprochaba a mí haber hecho lo mismo que ella... Pero al menos, como le dije mucho tiempo después, a ella y a mi madre, es que tuvieron la oportunidad de criar a sus hijos y verlos crecer. Yo no tuve esa suerte. Y mi hijo hoy tendría ya diez años...

Esa noche me fui a la cama sintiéndome muy mal, y me costó dormir por el llanto. Incluso ella me hizo callar a garabatos un par de veces.

No puedo explicar lo que sentí, el desamparo. ¡Si ni siquiera tenía dinero para volver a mi casa! Hay muchos detalles que mi mente tampoco quiere recordar. Sólo sé que, a pesar de las inyecciones que esta señora me mandó poner, el aborto no se produjo y tuve que volver a mi casa con la cola entre las piernas y el corazón roto, y pedirle ayuda a mis padres, ya que, con esos químicos, no podría dar a luz un hijo que probablemente nacería deforme...

Claudio, al despedirme en el terminal de Santiago, había prometido llamar y estar conmigo pasara lo que pasara, pero ahora que analizo todo no pudo luchar contra su madre, que hasta hoy lo domina como quiere. Claro, él no la tiene más que a ella. No padre ni hermanos... Muy triste.

 

... Pasé toda la última semana de vacaciones esperando su llamada, pero no lo hizo. Incluso hablé con su madre, como ella me había pedido, pero cuando puse a la mía al teléfono la señora sólo habló pestes de mí. Y cuando volví a clases, aún con mi hijo en el vientre, Claudio ni siquiera me saludó. Lo seguí, de todas maneras, sin creer que esto me estaba pasando a mí, y lo increpé por su cobardía. Pero, ¿sabe lo que me dijo? Que lo olvidara, que lo nuestro ya era historia, y que ahora tenía a otra. Me dijo que cómo yo podía creer que él podría enamorarse de mí, si yo era tan fea y flaca, y ni siquiera sabía vestirme. Que lo mirara bien, que él con su pinta merecía estar con alguien mejor a su lado. Fue la segunda vez en mi vida en que creí que me iba a deshacer del llanto y la pena. Y fue cuando dejé de creer en Dios. ¿Para qué? Me había prometido algo sin cumplirlo, y, además, era hombre...

 

... Por supuesto en mi casa no querían saber de él. Lo llamaban el güeas (aún lo llaman así), y me prohibían que lo volviera a ver. Curiosamente se portaron muy bien conmigo cuando me vieron llegar derrotada de Santiago, pero al poco tiempo me empezaron a sacar en cara lo que había pasado, sobre todo mis hermanos, y me trataban de puta y después del aborto, de asesina. Y yo ni siquiera había tenido tiempo de asimilar lo que me había pasado, porque aparte lo veía a él en clases casi todos los días. Y como tonta, me arrastré a él una y otra vez rogándole que me amara. Sólo aceptó cuando supo que el hijo ya no estaba ahí, que ahora era sólo trocitos en la consulta clandestina de un doctor muy famoso que practica raspajes en Valparaíso.

Aún recuerdo ese día. Había muchas mujeres de distintas edades que iban a lo mismo. Y todas iban acompañadas de sus parejas, menos yo. Yo estaba con mis padres. Y mi mamá dice que cuando me hicieron “eso” yo gritaba que no, que no quería, pero yo no recuerdo. Estaba anestesiada. Y lo que sí recuerdo es haber actuado como una niña, sin tomarle el peso al asunto hasta mucho después, ya que ahora, por ejemplo, no puedo evitar llorar cada vez que escucho esa canción donde el feto le habla a su madre y le agradece, a pesar que ella lo está abortando, y no dejo de preguntarme si ahora que voy camino a los treinta Dios me regalara algún día otra oportunidad para tener en mis brazos un hijo mío y del hombre que amo...

... Perdón, pero recordar esto me hace llorar... ¿Me da un minuto?

- Claro que sí.

 

... Ahora que lo pienso es por ese tiempo que empecé a creer en este dios Abraxas, ¿sabe? O sea, lo único que quería era creer en algo más lógico y humano que un Dios bonachón que al final nunca está ahí cuando realmente lo necesitas... Es decir, no me cabía en la cabeza que tanta desgracia y dolor en el mundo fueran posibles con un dios así a no ser que existiera una razón lógica para ello. Y buscaba además un dios que me diera la esperanza de la venganza, del castigo a todos aquellos que me habían hecho sufrir...

Mi idea empezó así, pero fue variando con el tiempo. Al principio me creí favorecida por la protección de este dios y de hecho las cosas empezaron a cambiar. Comencé a ponerme “mala”. Elaboré toda una estrategia para castigar a Claudio y compañía, con indiferencia, y si era posible, pagándoles con la misma moneda.

La idea de Abraxas la tomé de ese libro de Hermann Hesse, “Demian”, que tanto me marcó cuando lo leí en Media. En realidad, el libro tenía mucho sentido. Las mismas cosas que me molestaban a mí desde chica aparecían ahí, retratadas como a lápiz en el libro. Y la idea de contar con un poder especial para defenderme me llamaba mucho la atención. O sea, esa capacidad de asustar a la gente con sólo mirarles a los ojos... Fascinante. Así que empecé a adiestrarme. Traté de analizar la naturaleza de los hombres y creí descubrir que cuanto menos interés les demuestras, más te quieren, y de hecho funciona así casi todo el tiempo. Y empecé a probar esto con Claudio, aunque no ese año, sino al año siguiente, porque hasta llegar a vacaciones yo todavía seguía arrastrándome y él usándome sólo para sexo, aunque muchas veces me dijo que en realidad me quería, pero que le era difícil estar conmigo por mi carácter y todo lo que ya había pasado entre nosotros. Bueno, en ese tiempo yo pensé que él sólo me estaba utilizando.

Al llegar las vacaciones sentí de verdad un alivio muy grande. Y durante todo este tiempo me dediqué a pensar en cómo hacerle pagar a Claudio por mi sufrimiento a vuelta de clases. Quería llegar totalmente cambiada, muy bonita y bien vestida, en fin, quería impresionarlo.

Ese verano empecé a juntarme con Mariela, a quien había conocido durante el año porque vivíamos en el mismo barrio, y yo le había vendido un libro que ella necesitaba para el colegio, curiosamente el mismo al que yo había asistido. Empecé a relacionarme con ella primero para ayudarla en sus trabajos, y creo que esto sentó la base del tipo de amistad que compartiríamos después.

Mariela también tenía graves problemas en su casa. Cuando yo la conocí su padre recién había vuelto al hogar luego de tres años de ausencia en que había convivido con otra mujer, y esto tenía a mi amiga muy traumada, aunque no como a mí. Curiosamente, Mariela sabía manipular muy bien a la gente, inclúyase novios, y yo creo que no tenía motivos de queja en ese sentido porque todos trataban de complacerla. Sus parejas no fueron nunca muy pinturitas como las mías, pero sí de buen corazón y la llenaban de regalos y atenciones. Yo la envidiaba en ese sentido, porque para que a mí me hicieran un regalo... Si jamás tuve un peluche de esos con el cartelito “Te quiero”, y hasta mi hermano tenía dos...

El asunto es que empezamos a vernos muy seguido, al mismo tiempo que yo comencé a juntarme con los chicos del barrio, amigos de Pipe. Empecé a salir a fiestas más seguido con ellos, y a salir a todas partes con Mariela. Incluso conocí varios argentinos que se alojaban en su casa, donde su mamá les daba pensión para solventar un poco los gastos del verano. Y la verdad es que me empecé a sentir mejor. Ahora la echo de menos, de verdad, aunque muchas veces no se portó realmente como una amiga, porque con ella crecí mucho en ese aspecto y compartimos muchos años problemas similares. Llegué a quererla como a una hermana.

Entre todo este barullo de cambios, y justo cuando yo me preparaba para viajar a Juan Fernández de vacaciones con mi mamá, Pipe volvió del Servicio y, cosa curiosa, volvimos. Y esta vez yo no lo busqué, sino que él se hizo el encontradizo. Decidí darle una oportunidad y hacer borrón y cuenta nueva, y todo marchó bien hasta que volví a clases.

Al llegar de mis vacaciones en la isla traje algo de dinero por la ayuda que le presté a mi tía en su negocio, aparte de algo más de regalo de mi abuelo, así que invertí casi todo en comprarme unas bonitas tenidas, ya que quería llegar a clases renovada. Aún seguía con mi plan... Y de hecho la primera vez que entré a la sala iba tan linda que hasta el profe me miró insinuante. Claudio estaba ahí, por supuesto, y se notó su asombro. Así que, ¿sabe lo que pensé? Llámeme perversa o lo que quiera, pero pensé en matar dos pájaros de un tiro. Sí, quería castigarlos a los dos, a Pipe y a Claudio por todo lo que me habían hecho. Y el destino me ayudó. De hecho estuve todo ese año jugando con los dos, y mientras más confundida me mostraba yo en mis sentimientos, ellos más se aferraban a mí. A uno le decía que no podía estar con él, porque quería mucho a mi novio, pero quería tenerlo como amigo por el lazo de nuestro hijo muerto. Al otro le decía que lo quería y todo estaba bien entre nosotros cuando estábamos juntos, pero cuando llegaba a clases me confundía. Y de ese modo los fui castigando.

A pesar de todo, mi asunto iba más hacia el lado de Claudio. Él era más mi tipo, ahora lo sabía yo. Compartíamos muchos más gustos, y el hecho de que él quisiera ser profesional era una gran ventaja comparado con Pipe, que ni siquiera terminó su último año en el técnico para irse al Servicio, y que ahora estaba trabajando en una Agencia de Aduana ganando una cagada de dinero y sin intenciones de hacer algo más. Aparte, con su familia cada vez había más problemas, ya que yo igual seguí con mi costumbre de hacer escándalo e ir a buscarlo cuando no me iba a ver, costumbre que todavía no dejaba. Su mamá no me quería, y tuvimos varias peleas con insultos de por medio. Y la única que siempre me había apoyado, su hermana mayor, me empezó a dar la espalda luego que traté a su madre de huasa. ¡Pero sólo lo hice porque la vieja trató a la mía de india sin conocerla siquiera!

No sé, pero yo creo que su madre nunca me quiso porque pudo ver, entre toda su ignorancia, toda la mierda en la que yo estaba metida, y eso que yo no era ni suelta, ni floja, ni drogadicta, o esas cosas. En el fondo ella sólo quería proteger a su hijo, de eso me doy cuenta ahora.

El asunto es que mis relaciones no marchaban bien por ningún lado. Y en la U tampoco estaba mejor. Llegó el momento en que ni siquiera quería ir a clases, primero para decepcionar a Claudio, y luego porque ya no tenía ganas de ir. Además, había encontrado trabajo en un restaurant los fines de semana, y el dinero me llamaba más la atención que estudiar. Me sentía todavía muy enamorada de Claudio, y aunque trataba de aplicar mi jueguito con al parecer buenos resultados casi todo el tiempo, no conseguía lo que en el fondo deseaba: que él reconociera que me amaba, y que estaba arrepentido y quería volver conmigo. Pero aún eso me daba miedo, porque no sabía si sería capaz de dejar a Pipe, ni si me convenía. Al final, me enredé tanto en mi propio juego que decidí postergar la Carrera para no ver a Claudio más, y seguir trabajando hasta poder volver a estudiar, esta vez Psicología si era posible. Y en la Navidad de ese año también me quedé sin Pipe. En Año Nuevo no tenía ni carrera, ni Claudio, ni Pipe, sino un dolor muy grande, pero todavía algunos proyectos para el futuro.

 

... Ese verano pasó entre mucha soledad, trabajo y novelas Jazmín. En el fondo tapaba esa necesidad de amor con la lectura de esos libritos rosa. Pero al final me hacía peor, porque al comparar los eternos finales felices con mi propia vida, terminaba sintiéndome más sola y vacía que antes. Seguía saliendo con Mariela, de todas maneras, y volvía de vez en cuando a pinchar con Pipe, pero segura de que la cosa ya no daba para más. Y en mis sueños Claudio siempre estaba presente. Es curioso, porque al dejar la carrera había decidido no verlo más, pero estando lejos lo idealicé, y me di cuenta que la historia no terminaba ahí, y vi también cuántas señas me había dado él de lo que sentía por mí... Y aunque le había escrito una carta de despedida al irme, y él no tenía cómo ubicarme ya que nos habíamos cambiado de casa, me pasé el tiempo pensando en volver a verlo al comienzo de las clases. Y el cocinero del restaurant, mi confidente de entonces, no lo pudo creer cuando, de hecho, a principios de marzo llegué a trabajar con Claudio a mi lado. Y desde ese momento Claudio y yo seguimos juntos por al menos tres años más, hasta que yo lo dejé.

 

- ¿Las cosas mejoraron entre ustedes dos desde entonces?

- En parte sí. Dejamos un poco el orgullo de lado y nos atrevimos a reconocer cuánto amor sentíamos el uno por el otro. En realidad fue una relación muy apasionada. Y creo que juntos crecimos en muchos aspectos. Pero, por supuesto, como cada uno traía sus trancas, seguimos teniendo problemas durante todo ese tiempo. Así que cada cierto tiempo terminábamos y después de un mes o algo así volvíamos. Aunque esta vez él me buscaba, porque yo me negué a seguir arrastrándome a un hombre nunca más. Yo seguía siendo celosa, y Claudio coqueto, y tenía muchas admiradoras en la U que no lo dejaban tranquilo y se iban a meter a su pensión, y eso a mí me enfermaba de los nervios...

Principalmente había una, con la que yo incluso soñé antes de conocerla, que era muy persistente. Lo fue a visitar incluso a Santiago. Y se hacía pasar por su gran amiga, y Mariela, que estaba estudiando en la Upla también, me contó que los había visto tomados de la mano en una ocasión. Pero él insistía en que no pasaba nada, que ella lo molestaba, pero él la consideraba una amiga más, una compañera para hacer los trabajos de Periodismo...

Yo tuve la sospecha mucho tiempo, pero ninguna prueba, así que aunque peleaba a menudo con él por mis dudas, no me atrevía a dejarlo, aunque cada vez que él se iba a Santiago los fines de semana, le ponía el gorro como quería en mis salidas con Mariela. Por si acaso…

En ese tiempo Claudio había vuelto a ser aceptado en mi casa, e incluso había pedido mi mano, y yo me iba a quedar a dormir en su pensión con conocimiento de mi familia, que aunque lo desaprobaban, no podían hacer mucho. Los problemas en mi casa seguían, pero ya no tan seguido.

 

- Parece que las cosas se estaban estabilizando...

- Eso creía yo también, pero algo me molestaba mucho, y no eran solamente las dudas. Fue en ese tiempo cuando conocí a Edgardo, en mi primer año de Derecho...

Por arielnazer.over-blog.es
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Saturday 16 july 2011 6 16 /07 /Jul /2011 12:57

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Por el tiempo en que Pipe partió a Arica yo me encontraba trabajando en las tardes cuidando niños y haciendo el aseo en la casa de una amiga de mi mamá. Era mi primer trabajo, no tenía idea de mucho, pero al menos ya tenía la experiencia de haber ayudado a criar a mi hermana Vania, así que de a poco fui aprendiendo. No ganaba mucho, tampoco, pero al menos podía permitirme algunos pequeños lujos, como comprar cosméticos y ropa interior, además que comía cosas que en mi casa jamás se veían, como jamón, queso, o algunas pastas especiales. Lo pasaba bien. Y durante esa semana de la partida de Pipe este trabajo me ayudó a salir adelante. Me mantuvo ocupada. Pero aún así estaba perdida. Llegaba a casa exhausta, con apenas tiempo para estudiar o hacer mis tareas, escuchaba música y lloraba. Lloraba todos los días. Me sentía mal, sola, triste... traicionada. Y fue peor cuando un día me topé en la micro con una compañera de Pipe que me contó todo.

Pipe y Ángela sí andaban juntos, y todo el mundo lo sabía, incluso nuestros amigos en el cerro, menos yo, la única tonta. Cuando Pipe se iba de mi casa temprano los sábados, con la excusa de estar cansado por haber tenido clases en la mañana, en realidad no se iba a dormir, sino que salía a fiestas que por lo general se organizaban en la casa de Ángela... para estar con ella. El no quería estar conmigo, nunca... Y sentí un odio enorme por los hombres. Me sentí desamparada. Ni siquiera en mi casa había una mano amiga.

Me volví muy rebelde. Estaba como... endemoniada. Ya no quería creer en nadie, aunque aún seguía apoyándome en Dios...

Comencé a pelear con todos, y lo único que tenía en mente todo el tiempo era tratar a los hombres de la misma manera como me habían tratado a mí. No tenía muchos amigos, y cuando llegó el día de mi graduación no tuve nadie a quien invitar como mi acompañante, así que decidí llamar a un ex-compañero de mi hermano mayor, Rick, a quien había conocido y me había atraído bastante durante una de las alianzas que hacíamos ambos colegios para celebrar el día de la congregación. Aceptó, y esa noche comenzamos una amistad-atracción muy fuerte.

Después tuve que ir al paseo-despedida de mi curso. No debí haberlo hecho, porque lo pasé muy mal. Sin dinero, ni ropa a la moda como mis compañeras... por supuesto nadie quería estar conmigo. Yo no era “popular”. Y mi defensa fue apartarme y fingir indiferencia, como siempre...

No sé qué es lo que odiaba más en ese tiempo, si a los hombres, a mi familia, a mis bien vestidas compañeras o a mí misma, por no poder ser normal, por sentirme tan flaca y fea, tan diferente del resto. Y mis experiencias en ese tiempo no fueron agradables tampoco. Las peleas en mi casa eran pan de cada día, el pan que escaseaba en la mesa... Y yo buscaba estar lejos. Y en esa búsqueda trataba de encontrar un reemplazo a Pipe, a todo el amor que no tenía en mi casa.

Recuerdo una experiencia horrible por ese entonces. Iba a visitar a una tía en Villa Alemana, y en el tren se sentó a mi lado un joven muy simpático, pero muy feo a la vez. Conversamos todo el camino, me contó que era estudiante de la Católica (incluso me mostró su pase escolar), y yo le di mi número de teléfono. Nos bajamos en el mismo paradero, pero allí me despedí y seguí hacia la casa de mi tía. Para mi mala suerte no la encontré, y al volver él seguía ahí. Tomamos el tren juntos. Me invitó al zoológico de Quilpué, y como me caía simpático acepté, aunque algo me decía que tenía que cuidarme, pero no quise oír. Ya en el zoológico me asusté más, ya que vi que no había mucha gente, y él notó mi miedo. Hizo todo un teatro porque yo tenía miedo a que él me fuera a violar, y dijo que eso no era posible, que jamás haría algo así. Así que nos devolvimos a tomar otro bus. A todo esto yo dependía absolutamente de él, porque había gastado el dinero de mi pasaje y no tenía como volver a mi casa. Y pasamos a la suya, aunque yo no entré, y todo el rato, mientras esperaba que él recogiera algunas cosas, pensaba si no era mejor huir de él, pero no lo hice. Y al volver me dijo “Vamos a Sausalito”. Tomamos otro bus, e íbamos contando adivinanzas y riendo. Ya me sentía más relajada. Llegamos, y comenzamos a subir por un camino de tierra solitario. Me dijo que desde su casa había llamado a la mía para confirmar si le había dado un número falso o no. Y nos detuvimos para besarnos. Dijo que yo era muy apasionada.

Al llegar a un claro nos sentamos y él aprovechó para contarme de su vida y mostrarme algunas fotos. Me dijo que había quedado paralítico por un tiempo, y por esa razón su novia lo había dejado. Estaba muy resentido, eso era obvio, y sentí pena por él. Luego seguimos subiendo, y comencé a darme cuenta que ése no era el camino, que cada vez nos encerrábamos más. Nos sentamos en un tronco y volvió a abrazarme... Me contó que próximamente viajaría a Australia por un trabajo, y si yo me casaría con él antes... Me reí, y dije que teníamos que conocernos más, que era muy pronto. Me tomó en brazos, y en ese momento me entró el pánico. Me lanzó al suelo, tirándose sobre mí, con la intención de violarme. Y sólo pude decir “Abuelita, ayúdame”... “No llames a tu abuelita, nadie te va a ayudar ahora”, dijo. Y cuando yo pensaba que ya no había nada que hacer, de pronto me levantó y me hizo caminar. “No te voy a violar”, dijo, e iniciamos el retorno. Yo, toda temblorosa, no lo podía creer y aún esperaba que en cualquier momento cambiaría de opinión, y de hecho lo hizo un par de veces, pero siempre repitiendo que sólo bromeaba, que debía calmarme. Y yo sólo quería llegar luego al paradero y desaparecer, no verlo nunca más. Él decía que todo lo había hecho para probarme, que yo debía estar preparada y no hacerle caso a cualquier desconocido, que era una lección para mí. Incluso me enseñó una técnica para detener un ataque... Separar las piernas y golpear con la rodilla en los genitales o algo así... En realidad, ahora que lo pienso, sí fue una lección, una gran lección.

Llegué al cerro temblando, y pasé a ver a mi amigo de ese entonces, un vecino que vivía en el mismo pasaje, para contarle lo que había pasado. No me atrevía a entrar a mi casa, ya que sabía lo que me diría mi madre al llegar. Y al llegar eso fue exactamente lo que hizo. Me contó que me habían llamado, y al poco rato sonó el teléfono. Era él. Me preguntó si aún estaba asustada. Hablamos un rato, y luego se despidió de mí. Nunca más supe de él. No me volvió a llamar, pero me costó recuperarme por lo menos una semana, con el miedo constante a que me siguiera llamando, que me ubicara de algún modo e hiciera lo que no había hecho... Y mi odio por los hombres creció aún más.

 

- ¿Odio? ¿No será más bien temor?

- No sé. Siempre me pareció tan injusto ser mujer, con todas las desventajas y los abusos que sufrimos por parte de los hombres... Y de hecho muchas veces deseé haber nacido hombre. Quizá un poco de envidia, también, por todas las libertades que ellos tienen y que a nosotras nos son negadas...

- ¿Y no ves las desventajas que ellos tienen, o mejor, las ventajas que nosotras tenemos y ellos no?

- Al final ellos siempre ganan...

- ¿Crees eso? ¿Cómo crees que se sienten cuando no pueden expresar sus emociones con la facilidad con que tú lo haces ahora? ¿No crees que para ellos es mucho más difícil encontrar la solución a sus problemas psicológicos y salir adelante, con ese prototipo de “macho” que no llora y que los cataloga de por vida? O cuántos pacientes masculinos crees tú que tengo yo ahora.

- No sé.

- ¿Sabes? Yo creo que tu problema es que no entiendes a los hombres, y por eso te asustas tanto, y llamas a eso odio. ¿Recuerdas algo más por el estilo que te haya pasado antes?

 

- ... Cuando era chica, como a los cinco o seis años... Mis papás iban al cine casi todos los sábados, y se quedaba con nosotros un hermano de mi papá. Mis papás solían salir sin decirnos nada, para evitar que quisiéramos colarnos, así que esa noche, como siempre, yo pensaba que debían estar arriba, en la casa de una tía de mi mamá. Veíamos tele con mi tío tirados en la cama. De repente él se me lanzó encima, o algo así... No recuerdo bien. Veía la cara de mi hermano que se reía... Y después yo me sentí sucia, mal, sabía que algo andaba mal. Y le decía a mi tío “Lo voy a acusar, lo voy a acusar”. Subí a buscar a mi mamá, pero no la encontré, y cuando llegó no me atreví a decir lo que había pasado, porque no sabía cómo explicarlo, creo, y me sentía culpable, también. Y luego olvidé todo durante mucho tiempo, y sólo lo recordé alrededor de los catorce años, en una de las primeras grandes peleas con mi mamá.

También, a los dieciséis, antes de empezar a andar de novia, en el negocio de los abuelos (por parte de mi papá), estaba haciendo un puzzle, como de costumbre, sentada tranquila, y mi abuelo se paró justo detrás de mí y me acarició los pechos. Me aparté, y traté de no hacerle ver la impresión que me había causado, y luego él me ofrecía dulces para que me quedara callada. Pero yo igual lo conté en mi casa, y mi papá se lo contó a toda su familia. Y esa es una de las razones por las que me odian allá..., aparte de esa llamadita que le hice a mi abuela una vez para decirle que ella era la culpable de que sus hijos se mataran... Y además que mi papá nos pone como chaleco de mono en su casa... echándonos la culpa de todos los problemas que ha habido acá a nosotros, los hijos, los monstruos... Pero mi mama dice que no se sorprende mucho, que una hermana de mi papá le contó que mi abuelo, borracho, la acariciaba tal como lo hizo conmigo cuando ella era chica, así que aunque ellos digan que yo me lo inventé todo, mi mamá sabe que es cierto...

Y también me pasó algo como a los quince, yendo al colegio temprano en la mañana. Un tipo me detuvo para preguntarme una dirección, pero yo sentí inmediatamente algo raro y traté de esquivarlo, pero me atajó, y apuntándome con un cuchillo me dijo que debía seguirlo sin decir palabra. Y sólo me salvé, yo creo, porque me acordé de un programa de Sábados Gigantes donde hablaban sobre las violaciones, y ahí decían que lo peor era ponerse histérico, porque el miedo era precisamente lo que más excitaba a estos tipos, así que traté de razonar con él y explicarle que lo que hacía estaba mal y que, aunque yo quedaría muy mal por un tiempo, por lo menos sabría que no había hecho nada malo, pero que él tendría que quedarse con la culpa de haberle hecho un daño tan grande a una niña inocente, y etc., etc... Y al mismo tiempo me iba volteando para quedar fuera del alcance de su cuchillo. Y no sé cómo, pero resultó, y me dejó ir. Sólo me dio un beso salivoso antes de irse, y ese día me fui al colegio con los nervios de punta y sólo estalle cuando me encontré a salvo contándole lo que me había pasado a una de las monjas de mi colegio...

 

- Has tenido mucha suerte...

- ¿Suerte? ¿A todo lo que me pasa le llama usted suerte?

- Sí, suerte, porque hay otras a las que sí han violado... Hay otras que ni siquiera sobrevivieron para reponerse y luchar contra el trauma. Tú no eres la única que ha sufrido. Todo el mundo sufre. Y hay casos peores, créeme...

- ...

- ¿Qué pasó después de esa experiencia en Sausalito?

 

- Mmm... Estuve muy mal durante mucho tiempo por lo que me había pasado con Pipe, y con lo de este tipo... Muy mal, pero quien me ayudó un poco a salir adelante fue Rick. Se convirtió en mi gran amigo. Aparte que había entre nosotros una fuerte atracción. Yo me había hecho muchas ilusiones con él. Nos visitábamos a menudo, y compartíamos muchos gustos. Hasta que supe que tenía una hija con la que había sido su primera novia, y que por grandes motivos no podían estar juntos. En realidad eran los papás de ella los que no querían que ellos estuvieran juntos, ya que lo acusaban de no haberse casado con ella cuando quedó embarazada... Pero él me explicaba que eran muy jóvenes, que ni siquiera había terminado la media, y no es que quería dejarla botada o algo así, sino que prefería esperar a que tuvieran algo más estable y más edad, pero realmente la quería.

Cuando me contó todo eso yo me puse firme y me negué a que algo pasara entre nosotros, porque pensaba que ellos debían volver a estar juntos, aunque me dolió mucho, sí, porque Rick me gustaba cualquier cantidad. Y hubo varias ocasiones en que estuvimos a punto de algo, incluso pinchamos una vez, pero no cedí. Le di a entender que yo no sentía por él nada más que amistad, para que él no insistiera. Jugué un poco con su orgullo, también, porque estaba convencida, más aun después de su cumpleaños, cuando los vi juntos y lanzándose miradas de... bueno, usted sabe...

Y ya estaba en la U cuando pasó todo eso. Incluso anduve por unos días con un amigo suyo, pero me aburrí de él, y luego conocí a Claudio...

Por arielnazer.over-blog.es
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Friday 15 july 2011 5 15 /07 /Jul /2011 20:40

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- Ahora... si usted me ve un poco más tranquila o más resignada es porque... todo mi asunto con Gerardo no resultó. Fue una ilusión a la que yo me entregué porque malentendí unas palabras suyas... Pero no importa, yo igual sigo adelante. Voy a hacer caso a lo que me dijo.

- ¿Qué te dijo?

- Que en algún momento iba a llegar esa persona indicada, y si no llega..., bueno, seguiré esperando a que algún día él cambie de opinión, aunque él dijo que podrían pasar diez años y no lo haría. Pero no importa. Por lo menos tengo una ilusión y no me siento tan vacía como antes, aunque igual me siento vacía. Quiero amar...

Bueno... ¿cómo empezó todo este asunto de no sentir nada por nadie? Es algo raro, porque como usted se pudo haber dado cuenta siempre sentí algo por alguien, siempre tuve alguna ilusión, una fascinación por alguien.

Por lo menos creo que todo empezó cuando empecé a andar de novia... Primero con Pipe, y después con Claudio. Después de ellos no recuerdo haber sufrido tanto por un novio, aunque tuve muchos, y ya no me costaba trabajo mandar todo a la cresta cuando me hacían algo, por poco que fuera.

- ¿Cómo fueron tus noviazgos?

- Con Pipe fue al principio muy bonito. Él fue el primero, ¿sabe? Antes de él yo apenas había pinchado con un tipo que ni conocía en una fiesta, y todo porque mis compañeras lo hacían. Todas tenían alguna historia, una pareja, y conseguir también uno para mí era como demostrar que ya no era fea, que podía gustarle a alguien, en fin, que yo no era tan diferente...

Conocí a Pipe por esa época. Yo bajaba a tomar la micro para ir al colegio al plan. Creo que le conté antes. Y él también la tomaba ahí con su hermana, porque iban a un instituto técnico que quedaba un poco más abajo de mi colegio. Yo lo había conocido dos años atrás en una fiesta a la que un vecino me había invitado, así que cuando lo reconocí quise saludarlo, pero no me atreví. Hasta que un buen día le dije “Hola, ¿tú eres Pipe?” Contestó afirmativamente, y nos fuimos conversando durante todo el trayecto de la micro, alrededor de quince minutos. Y así empezó todo.

Se nos hizo costumbre irnos juntos cada mañana, y a él se le hizo costumbre a veces bajar, después de clases, y esperar que yo bajara también caminando para tomar la “O” juntos. Siempre yo intuía cuando él me esperaba.

Un día tuve que hacer un trabajo para el colegio sobre los incendios forestales, y tenía que juntarme con unas compañeras de mi grupo en la Biblioteca Severín. Cuando él se enteró, se ofreció a acompañarme porque, según él, también debía hacer un trabajo por ahí cerca, en la Escuela de Derecho. Estuvimos en eso hasta las seis de la tarde, y al volver nos quedamos conversando en la escalera de mi casa. Él quería que yo saliera más tarde, pero le expliqué lo estrictos que eran en mi casa y lo dejamos para el día siguiente, en que yo debía ir a Viña para seguir recopilando información.

Cuando bajamos, y mientras esperábamos la micro, le pedí que me escribiera algo en un cuadernito de dedicatorias que yo tenía. La leímos juntos, y resultó ser tan insinuante que por vez primera, y sin hacer caso a su timidez, me abrazó en plena calle. Y en ese instante nos vio mi mamá, que andaba haciendo trámites. Y supuso lo que aún no había pasado. Yo me puse muy nerviosa. Mi mamá sólo se rió y continuó su camino, pero yo dale y dale con “qué me van a decir en la casa... Van a pensar mal... Estoy frita”, y etc., etc. De repente me bajó la rebeldía, tomé la mano de Pipe diciendo “Agravemos las cosas” y cruzamos la calle. Y en la esquina del frente él se detuvo, me miró... y nos besamos por primera vez. Como le dije, mi segundo beso. El primero no había sido una buena experiencia, sólo me había causado repugnancia, un sentimiento de culpa... Me sentí sucia. Con Pipe no. Pero él sí se dio cuenta de mi inexperiencia, y me lo dijo. De todas maneras, seguimos caminando abrazados y besándonos de vez en cuando, hasta que tomé mi micro y allí nos despedimos. Y desde ese día empezamos a andar. Nos veíamos casi todos los días.

Sin embargo, y no recuerdo porqué, al principio de la relación hubo una semana en que nos apartamos. Creo que me molestó su frialdad, y traté de probarlo, o algo así. Y él era orgulloso. Nunca dejó de serlo, así que no me buscó, y yo me pasé todo ese tiempo llorando, sola en mi casa, sentada en la baranda de la terraza. Todos los días lloraba. Y era para mí algo nuevo, porque aunque me gustaron chicos antes y tuve penas de amor, nunca sentí ese dolor tan grande que no dejaba tranquilos a mis ojos...

Lo vi un viernes de esa semana, en la micro, y aunque él me saludó, fue tan indiferente que me sentí horrible por dentro. Sentí algo como... como si algo se muriera..., rechazo, no sé. Y al llegar al colegio, en plena misa, me bajó otra crisis de llanto que asustó a todo el mundo, porque no podía parar las lágrimas.

El domingo no aguanté más y fui a su casa a buscarlo. Me atendió su cuñado, y le di el recado. Luego de eso volví a mi casa esperando que él fuera a verme, pero como demoraba, fui a buscarlo nuevamente. Esta vez salió él. Y bajamos en silencio. En su rostro había algo extraño, que luego aprendí a reconocer como tristeza. Estaba a punto de llorar, pero su orgullo no le dejaba mostrar ningún sentimiento. Y yo era todo lo contrario. Un caudal de emociones que se desbordaba al menor gesto, ante la más mínima injusticia...

Ese día conversamos y arreglamos las cosas, y también oficialmente nos declaramos “novios”. Y por un tiempo estuvimos muy bien, sin problemas. Nos veíamos casi todos los días y a cada rato, ya que vivíamos tan cerca...

 

La noche del primero de diciembre de ese año sucedió algo entre nosotros que marcó el inicio de mi obsesión por él. Nos habíamos quedado solos en la casa, ya que mis papás habían ido a la Licenciatura de mi hermano mayor. Estaba, sí, Vania con nosotros, pero no tenía más de cuatro o cinco años. Y Mauro creo que también andaba afuera con sus amigos.

Nos habíamos quedado viendo películas en el living de mi casa sentados en el sofá. Vania estaba casi dormida. Como de costumbre, nos besábamos, pero muy inocentemente. Nunca había sido de otro modo. Pero esta vez sentimos algo distinto. De los besos pasamos a las caricias, cada vez más profundas... Y no nos dimos cuenta. Perdimos la razón por completo. No sé, para mí fue algo tan raro... Yo me masturbaba, sí, y me imaginaba escenas terriblemente eróticas cuando lo hacía, pero no sé por qué en este caso no me di cuenta. Nos excitamos, y creo que ninguno de los dos había experimentado eso antes con otra persona. Volví a la realidad cuando él trataba de bajarme los pantalones. Lo detuve asombrada. Y nos miramos paralizados, sin saber qué decir, pero maravillados a la vez. Pipe decidió irse inmediatamente. Temblaba de los pies a la cabeza. Yo también. Y nos reíamos... de los nervios, sin saber qué decir... él me pedía disculpas, y yo trataba de calmarlo, “No te preocupes, está bien...”

Por supuesto, después de eso hubo otros episodios similares. Pero nunca llegamos al acto mismo. Yo tenía miedo, no quería. Consideraba que era algo tan malo, un pecado... Estaba demasiado metida con las creencias católicas, del pecado de la carne y todas esas leseras.

Después llegó la Navidad, que pasamos juntos, y la gran pelea entre mis viejos en la que yo lo acusé a los pacos. Pipe me acompañó en todo momento. Y mi papá comenzó a odiarlo tanto como me odiaba a mí. Además, que consideraba que mi novio era muy poca cosa para alguien tan inteligente como yo.

No sé, pero pasó algo raro... Mientras más me alejaba de mi viejo, más me aferraba a mi novio. También creo que me aproveché un poco de la situación para obtener más libertad de la que nunca había tenido. Me puse rebelde, hacía todo lo que antes no podía porque mi papá ya apenas si podía decirme algo. Así que salía con Pipe, y cuando él no llegaba a la hora o no iba a verme (lo que empezó a hacerse cada día más habitual) yo me arrancaba por la ventana o el cerro y lo iba a buscar a su casa. Podían ser las dos de la mañana. Me daba lo mismo. Era una desesperación que no podía controlar. Y por supuesto eso no les parecía nada bien a la familia de Pipe. Así que yo echaba mano de los problemas en mi casa e inventaba una pelea o una paliza para justificar mis desatinos. Para qué decir en mi casa. Mi mamá me decía que era una arrastrada, que debería tener más dignidad, que una mujer decente no se comporta así. Y mi papá me trataba de puta, y si podía me sacaba la cresta.

Realmente estaba mal, muy mal en ese tiempo. Era demasiado dependiente de Pipe, estaba obsesionada de él, dependía del cariño que él me daba..., un cariño que yo no tenía en mi casa. Me sentía también demasiado presionada, y una forma de escapar de mis tensiones era estar con él. Aparte que, aunque técnicamente yo seguía siendo virgen, con Pipe teníamos unas “pseudo-relaciones”..., por encima, con ropa, y sí llegábamos al orgasmo, así que con eso me había vuelto aún más dependiente, como si el sexo fuera una droga.

Los problemas que ya había en mi casa se agravaron aún más, y me empezaron a relegar bastante porque yo me había metido. Como mis papás se habían arreglado, yo creo que no queriendo ver lo mal que estaban, lo enfermiza de su relación, me culpaban de todo a mí. Yo era la oveja negra que quería destruir a la familia. Mi papá me acusaba siempre, y mi mamá le seguía el amén porque quería estar en la buena con él, supongo... Así que, como dije, yo era la causante de todos los problemas. Y estuve todo ese año así. No hablaba con mi papá para nada, y si lo hacíamos era sólo para discutir, discusiones en las que yo terminaba por el suelo. Me golpeaba cada vez que podía. Me tiraba cosas... Una vez me lanzó un vaso que me dejó un tremendo tajo en el dedo, sólo porque me había querido servir un poco más de jugo mientras almorzaba. Siempre situaciones similares.

En otra ocasión Pipe y yo veníamos llegando del cine, y me habían llamado para ir a trabajar de niñera. Era la primera vez que me llamaban. Y yo no quise ir. Y mi papá se enfureció porque no quise aceptar el trabajo, cosa que a él no le competía, en realidad, en lo absoluto... Me sacó la cresta delante de mi novio, y Pipe se escandalizó. No sabía qué hacer, y le dijo algo como “cómo puede hacer eso”, o por el estilo, y mi papá le amenazó con que mejor se callara, que si no “te va a llegar también a ti”. Y Pipe era bastante cobarde en realidad. O se paralizó... Nunca había visto que le pegaran tan fuerte a una persona, menos un padre a su hija, y él tenía dos hermanas...

Le tocó ver muchas cosas conmigo. Tantas, que yo creo se asustó y trató de huir. Porque además yo lo asfixiaba aferrándome a él como a mi tabla de salvación... Y varias veces trató de terminar conmigo, pero yo le rogaba y rogaba, y me humillaba, le amenazaba con suicidarme si él me dejaba. Y de hecho lo intenté varias veces, como cuando un día me dijo que no podíamos vernos, que tenía que hacer, y luego descubrí que era mentira, que en realidad se había quedado en su casa porque no quería verme... Y todo se me juntó: los problemas en mi casa, en el colegio con mis compañeras y con mi rendimiento que había bajado considerablemente, el desamor... Todo. Y llegué esa noche en silencio a mi casa, tomé una cuerda e intenté colgarme en el patio. Pero no pude. Tenía la cuerda alrededor de mi cuello, y empecé a llorar, y así me descubrió Vania. Fue corriendo a contarle a mis papás. Y mi mamá me tomó y lloraba conmigo, pidiéndome perdón, mientras mi papá, mudo, no hallaba qué hacer con su culpa y su asombro. Los remecí esa vez. Los hice sentir tan culpables, que muchas veces después utilicé esa arma para desquitarme y obtener lo que quería... Sí, lo sé. Fui muy mala. Perversa. Aunque otras veces realmente deseaba morir...

 

Pasó casi un año. Un día de julio Pipe no llegó a verme. Y hacía tiempo que andaba raro. Me dejaba plantada y yo tenía que ir a buscarlo. Y estaba poco cariñoso. Andaba con mentiras, cosas raras... Fui a su casa y le pregunté qué pasaba, y me dijo que quería terminar conmigo. Ante mi insistencia él tuvo que decirme que realmente le gustaba una compañera. Y yo perdí la razón en ese momento... me dolió, me dolió mucho. Se derrumbaba todo para mí. Me sentía perdida sin él. Lloré, le lloré, le lloré... Le rogué, le supliqué que no me dejara, que qué podía hacer yo para cambiar todo eso. Y él tuvo que ser cruel conmigo para que yo entendiera de una vez por todas y lo dejara en paz.

Yo todavía no sabía lo que significaba amar a una persona y dejarla libre. Pensaba que mi pareja era una posesión mía, algo mío, que me pertenecía. Y consideraba que el hecho que me dejaran de querer era algo malo, una traición, cuando es natural... Yo provocaba que me dejaran de querer en el fondo, aferrándome tanto, siendo tan celosa..., siendo tan posesiva. Condicionaba mucho. Y eso no lo aguantó.

Estuve un tiempo muy mal. Le seguía rogando todos los días. Después decidí no hacerlo más, y me contuve por nueve días. Pero igual fui a buscarlo porque no aguanté más el impulso. Y volvimos, pero creo que él lo hizo por costumbre. No sé. Y después me volvió a dejar. Volví a estar mal por unos días... Y se repitió la historia, una y otra vez. Él no sabía qué hacer porque en realidad yo le daba lástima. Y prefirió esperar. Le había salido el asunto del Servicio Militar y no se lo había podido sacar... O no quiso... para alejarse de mí. Y cuando ya era un hecho que se iba nos pusimos de acuerdo en que yo lo acompañaría el día de su partida al Regimiento Maipo, desde donde partirían a Arica.

Los últimos días no pudimos estar mucho tiempo juntos porque todos sus amigos y compañeros le organizaron despedidas, a las que yo no podía ir. Incluso recuerdo haber pasado toda la tarde del día anterior esperando que él llegara, para estar con él, porque se iba, y se iba por un año, no por poco tiempo. Y no llegó. Revisé sus camisas de colegio y su capa blanca, rayadas con lápiz pasta con dedicatorias de sus compañeros. En una parte le habían hecho una caricatura representándolo a él sentado y apoyado en una palmera, y abajo decía “El Pipe está solo y triste porque echa de menos a la Ángela”. Ni siquiera se me mencionaba a mí, sino a Ángela, la chica que le gustaba. Yo me había auto convencido que no le gustaba nadie más que yo, pero tuve que darme cuenta que sí, que era cierto. Porque yo quería creer que él había inventado todo para dejarme. Y como me llevaba bien con su hermana mayor, ella siempre me decía “No, si él te quiere, si lo que pasa es que se siente muy presionado”, y así alimentaba mi convicción.

El día de su partida pasé a su casa temprano, como habíamos quedado. Apenas había dormido, e iba a hacer la cimarra en el colegio. No era la primera vez, de todas maneras. Desde que Pipe iba en la jornada de tarde y yo en la mañana, se me había hecho costumbre hacerme la enferma en el colegio (usando mis famosos dolores de ovarios) para que me mandaran a la casa, y de ahí me pasaba a la de Pipe, o bien inventaba “falsificativos”.

Fui y no lo encontré. Me dijeron que ya se había ido. Pero decidí ir de todas maneras, sola... En realidad no conocía mucho Playa Ancha en ese entonces... No conocía nada...

Iba llorando, triste, preguntándome por qué no me había esperado, y tratando de tranquilizarme diciéndome que no, que quizás le habían dicho que tenia que estar antes o algo así.

Llegué y lo encontré frente al Regimiento, esperando. Había mucha gente... Él estaba distraído, pendiente de algo, como si estuviera esperando a alguien, y cuando me vio aparecer puso una cara como de hastío. Me preguntó “Qué estás haciendo aquí?”, y yo trate de explicarle que había venido a despedirlo, que no quería que él partiera sin poder verlo yo antes... Me pidió que me fuera, que no me quería ahí, con él. Insistía en eso, con rudeza, y yo empecé a llorar, no entendía, “¿porqué me haces esto?”, preguntaba, y seguía llorando...

 

... Perdón, pero esta parte me duele mucho, todavía...

 

Siguió diciendo que me fuera, porque estaba esperando a unos compañeros y no quería que ellos me vieran ahí. Entonces entendí, y le pregunté si era cierto, si esa niña estaba entre los compañeros que vendrían a despedirlo, si había pasado algo entre ellos. Y respondió “sí”, justo en el momento en que sus amigos llegaban. A uno de ellos yo ya lo conocía como su mejor amigo, y le pregunté si era cierto lo que Pipe me había confesado, y no sé si por encubrirlo, pero me aseguró que no, pero Pipe insistía en lo mismo. También le pregunté a Ángela, y ella lo negó todo, pero me preguntó de todas maneras “Y ustedes no habían terminado?” Es decir que Pipe no le había contado a ella que nosotros aún estábamos juntos...

Estuvimos mucho rato así, y yo tratando de aclarar todo, que era preferible para mí saber todo, saber porqué todo eso, porqué me hacía tanto daño, porqué prefería a otra antes que a mí... Media mañana en lo mismo, hasta que llegó el momento en que los conscriptos debían ingresar. Él comenzó a despedirse de todos nosotros. Primero de mí... Me dio un beso sobre los labios, apenas rozando, muy frío... Sin cariño, sin nada... Después abrazó a sus compañeros, y por último a Ángela, un gran abrazo lleno de significado que me hirió en lo más hondo. Y entró.

Yo quería irme, pero a la vez quería seguir ahí, hasta que los buses se los llevaran rumbo a Arica. Ángela se acercó en una ocasión y me dijo “Realmente lo quieres”, y trató de consolarme. Y yo le contesté “Eres buena amiga” sólo por cortesía, porque en el fondo la odiaba.

Luego a ellos se les hizo muy tarde y tuvieron que irse para no faltar a clases. Pero recuerdo que antes de eso Ángela estuvo todo el rato pendiente de un tal Polo, que también partía al Servicio y que había sido su novio o algo así. No estaba ni ahí con Pipe... Eso me molestó un poco, pero también me dio gusto pensar que Pipe no era tan importante para ella como lo era ella para él. Algún consuelo me causaba eso. Un consuelo sádico.

Al poco rato de quedarme sola llegó su hermana mayor, que no hizo caso a Pipe y fue a despedirlo igual (él le había exigido a todos en la familia que no fueran, que no quería despedirse de nadie ese día). Le conté lo que había pasado, y como siempre, tratando de consolarme, dijo que no me preocupara, que en realidad él no quería que lo vieran llorar, que sí me quería. E insistió en eso, aunque yo no fui capaz esta vez de cegarme.

Comenzaron a partir los buses. En el tercero iba Pipe. Me hizo una seña. Aun no había visto a su hermana, e intentaba despedirse de mí... Iba llorando. Pero no quise verlo. Le di la espalda, diciéndome “Ahora me las vas a pagar”, y después me fui con su hermana, quien había visto mi reacción y me retó, ya que según ella Pipe sólo estuvo pendiente de mí en todo momento, que iba llorando y llamándome a gritos... Pero yo con la mirada fija, llena de odio por dentro... Algo había cambiado en mí, algo empezó a tomar posesión de mí en ese instante... Y en la micro, junto a su hermana, con las lágrimas corriendo por mis mejillas, me iba observando las calles de Valparaíso, la gente siguiendo sus vidas como si nada, y miraba la medalla de la Virgen que Pipe me había regalado para nuestro aniversario el diecisiete de octubre, una gran medalla de plata que después pasó de mano en mano en la casa, hasta que se perdió definitivamente... Y su hermana me dijo algo que recordé por mucho tiempo: “El tiempo lo dirá todo”. Y así fue...

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